Nuestra casa se llenó de risas, abrazos y la dulce fragancia de las rosas que habíamos plantado años atrás. El amor que compartíamos era más fuerte que nunca, y sabíamos que, sin importar lo que el futuro nos deparara, lo enfrentaríamos juntos, como una familia. Nuestra vida en la granja floreció. Los años pasaron, y el paisaje que rodeaba nuestra casa continuaba siendo una fuente constante de inspiración. Los campos de cultivo estaban listos para la cosecha, los árboles frutales ofrecían sus jugosos regalos, y las colmenas zumbaban con la actividad incansable de las abejas. Emma y Emilio crecieron rápidamente. Emma, con su inteligencia y curiosidad, destacó en la escuela y soñaba con convertirse en científica. Emilio, por otro lado, compartía la pasión de su padre por la apicultura y pa
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