8. Papá...¿Mamá se ha ido?
Michelle
Me ajusto el saco que elegí para la entrevista, tratando de proyectar seguridad, aunque mis manos sudorosas me delatan. Sé que Dylan encontrará algo para mí, aunque sea un puesto de limpieza, pero la incertidumbre sigue ahí, provocándome un nudo en el estómago. Paso las manos por mi cabello, dándole algo de forma y volumen antes de salir de mi habitación.
En la cocina, mis padres desayunan animadamente, como si mis preocupaciones no los afectaran en absoluto. Tal vez fingen para no hacerme sentir mal, o quizá realmente creen que todo estará bien. Sea como sea, les agradezco su actitud.
—Buenos días. Mami, solo tomaré una taza de café.
Ella niega de inmediato.
—No, señorita, nada de solo café. Es mejor que comas algo. Te preparé un sándwich.
Hago una mueca infantil, provocando la risa de ambos.
—Te ves bien, hija. Estoy seguro de que hay un muy buen puesto esperando por ti.
Ojalá tenga razón. No he trabajado en años, así que siento que estoy un poco fuera de forma. Al terminar de desayunar, me lavo los dientes y reviso mi reflejo una última vez. Me invade una sensación extraña: siempre fui yo quien preparaba el desayuno para mi familia, pero últimamente me he estado acostumbrando a recibir cuidados. Aún no les he dicho que me mudaré hoy, pero en cuanto regrese, hablaré con ellos sin falta.
Subo a mi auto y me dirijo a la empresa de Dylan. Al llegar, me sorprendo por lo imponente del edificio. Inspiro profundamente antes de entrar.
—Buenos días. Soy Michelle Gómez, tengo una cita con el señor Dylan Morrison.
La recepcionista llama a la asistente de Dylan y me indica el camino al elevador. Piso doce. Oprimo el botón y subo, sintiendo que mi ansiedad asciende junto conmigo. Es mi primera entrevista de trabajo, una experiencia completamente nueva. Pero supongo que a partir de hoy, habrá muchas primeras veces esperándome.
Cuando las puertas se abren, respiro hondo y camino con firmeza. Aunque por dentro tiemblo como una gelatina, al menos por fuera debo aparentar seguridad.
—Buenos días. Soy Michelle Gómez.
La mujer que me recibe me observa con una ceja enarcada, evaluándome con una expresión difícil de descifrar. Su mirada deja claro que no le caigo bien.
—Sí, buenos días. El señor Morrison la espera. Pase por aquí.
La sigo mientras un rastro de su perfume invade el aire. Es una mujer hermosa, del tipo que atrae todas las miradas: cabello largo y rubio, aunque evidentemente teñido, ojos verdes (de esos que parecen de pupilente), piernas largas, cintura pequeña y caderas anchas. Su figura denota que va al gimnasio, lo que me hace pensar que quizá yo también debería empezar a ejercitarme. Ahora tendré más tiempo para mí, así que agregar una rutina de ejercicios y una dieta saludable a mi vida no sería mala idea.
—Pase, señora.
Abro los ojos con sorpresa. ¿Señora? ¿Acaso luzco mayor? Miro mi atuendo y admito que se ve un poco anticuado. De acuerdo, agregaré una visita al centro comercial a mi lista de pendientes.
—Gracias, señorita...—busco su nombre en el gafete— Leonor.
Le dedico una sonrisa educada, aunque marcando distancia. Ella responde con una mueca que apenas se asemeja a una sonrisa antes de tocar la puerta.
—Dylan, aquí está la persona que esperabas.
El hombre se pone de pie, luciendo más emocionado de lo que debería.
—¡Michez! Pasa, por favor. Leonor, tráenos café.
Ella apenas asiente y se retira. Una vez solos, me animo a hacer un comentario.
—Creo que no le caí bien a tu asistente.
Dylan luce incómodo, pero le resta importancia con un gesto.
—No hagas caso. Es solo la asistente.
Toma asiento y me ofrece uno frente a su escritorio. Entrecierro los ojos, preguntándome si hay algo más detrás de su respuesta.
—Me alegra que pudieras venir hoy. Estuve revisando la información que me proporcionaste y creo que ya tengo el puesto ideal para ti.
Después de su llamada, le envié mi currículum por mensaje, así que supongo que ya lo ha revisado con calma.
—¿De verdad?
Mi voz suena más emocionada de lo que quisiera. “Necesitas verte profesional, Michelle. Contrólate”. Carraspeo, pero sé que ya notó mi entusiasmo.
—Jajaja, sí. Vi que trabajaste en mercadotecnia en la empresa de tu esposo. Precisamente estamos en busca de personal creativo. ¿Te interesaría ingresar como auxiliar para comenzar?
—¿Es una pregunta capciosa? ¡Por supuesto que me interesa!
Ambos reímos ante mi evidente felicidad.
Cajum, cajum.
Leonor regresa, dejando los cafés sobre la mesa con un gesto poco amigable.
—Aquí están los cafés. ¿Algo más, Dylan?
Noto que su tono es familiar, algo en lo que no había prestado atención. Mejor miro hacia otro lado.
—Es todo. Puedes retirarte. Ah, y por cierto, pídele a Robert que venga a mi oficina.
Ella se marcha, y no puedo evitar hacer un comentario.
—Definitivamente no le caigo bien.
Dylan baja la mirada, sonrojándose ligeramente.
—Bueno… debo confesarte algo. Hace años, cuando Cecil murió, me sentí perdido. Tal vez ella se acercó a mí y yo no me negué. Pero poco después entendí mi error y le pedí que olvidara cualquier ilusión que tuviera conmigo. Desde entonces, solo me dedico a Susy.
De todo lo que dice, hay una palabra que se repite en mi mente.
—¿Eres viudo?
Me doy cuenta de que mi pregunta es demasiado directa.
—Lo lamento, no quise incomodarte.
Dylan sonríe con tristeza y asiente.
—Así es —responde con un suspiro pesado—. Mi esposa padecía una afección del corazón y, después del nacimiento de nuestra hija, su salud se deterioró rápidamente. No pudimos hacer nada, su cuerpo simplemente no respondió a los tratamientos.
Hace una pausa, como si buscara la fuerza para continuar.
—Así que Susy creció sin conocer a su madre, y yo he tratado de suplir esa carencia lo mejor que he podido. Nunca busqué a nadie para reemplazar el amor que le tenía a Cecil, aunque apenas la recuerde.
Su historia me estruja el corazón. Crecer sin el amor de una madre debía ser una de las experiencias más difíciles de sobrellevar. Yo, en cambio, tuve la suerte de criar a mi hija, de llenarla de amor y apoyo en cada etapa de su vida aunque ella no me apreciara del todo. Pero no todos tenían esa oportunidad.
—Lo siento mucho, de verdad —le digo con sinceridad—. Pero estoy segura de que estás haciendo un gran trabajo.
Un incómodo silencio se extiende entre nosotros hasta que el sonido de la puerta irrumpe en la habitación. Un hombre alto, de cabello rizado y gafas, entra en la oficina con paso seguro.
—Buenos días —saluda, dirigiéndose a mi nuevo jefe—. Dylan… me dijeron que me necesitaban.
Dylan se levanta y me hace una seña con la mano.
—Sí, Robert. Quiero presentarte a Michelle, tu nueva auxiliar.
Robert me ofrece la mano con una sonrisa cálida y acogedora.
—Bienvenida a bordo, Michelle. Espero que trabajemos muy a gusto y podamos crear grandes cosas juntos.
Su amabilidad me hace sentir más cómoda en el ambiente. Le devuelvo la sonrisa con gratitud.
—Yo también lo espero.
—¿Y cuándo comienzo? —pregunto con entusiasmo.
Ambos ríen ante mi impaciencia.
—Primero debes pasar por Recursos Humanos y llenar algunos documentos —me explica Dylan—. Pero si todo está en orden, ¿qué te parece empezar mañana?
Me pongo de pie, ajustando la bolsa a mi hombro con decisión.
—Por supuesto. Nos vemos mañana, entonces.
Me despido de ambos y salgo en dirección al área que me habían indicado. Mientras voy descendiendo en el elevador, no puedo evitar sonreír.
¿Qué probabilidades había de que el día más desastroso de mi vida me llevara a reencontrarme con personas de mi pasado y, además, terminara con un trabajo seguro?
Definitivamente, mi suerte debía ser buena.
****
—No quiero que te vayas.
Después de recorrer el centro comercial y comprar un par de trajes, blusas y faldas, regreso a casa para darles la noticia a mis padres: me voy. No pensé que mi madre reaccionaría con tanta angustia. Su expresión de tristeza me sacude, y cuando sus ojos comienzan a humedecerse, la abrazo con ternura, intentando consolarla.
—No te preocupes, vendré muy seguido a verte.
Sé que sienten que han recuperado a la Michelle que salió de casa hace diez años. Pero ya no soy aquella joven inexperta que se fue en busca de su felicidad. Ahora soy una mujer que persigue su independencia, que busca su propio lugar en el mundo.
Mi madre no está del todo conforme, lo noto en la forma en que aprieta los labios y evita mirarme a los ojos, pero también veo en ella un atisbo de resignación. Es momento de volver a volar.
Cuando llego a mi nuevo departamento, una extraña sensación se apodera de mí. Me quedo en la puerta, sosteniendo la llave, asimilando el hecho de que este lugar es mío. Solo mío. Inhalo hondo y cruzo el umbral.
Dejo la bolsa con la comida sobre la mesa y la maleta en la sala. Mis pasos me llevan instintivamente hacia el pequeño balcón, donde el viento nocturno me recibe con una brisa suave y fragante. Las macetas rebosantes de vida desprenden un aroma fresco y relajante.
Me acerco al barandal y cierro los ojos.
La luna asoma en el cielo, iluminando mi piel con su resplandor plateado.
Hoy comienza un nuevo capítulo en mi historia, uno que debo escribir con más cuidado, con más conciencia. Ahora tengo más experiencia, más cicatrices y más sueños que nunca. Solo espero que, en este nuevo camino, pueda encontrar a alguien con quien compartir la felicidad, alguien que me permita hacerlo feliz también.
*****
Ryan
El vuelo a casa se retrasó más de lo que esperaba. Se suponía que debíamos haber aterrizado hace tres horas. Candace, agotada, durmió durante todo el trayecto de regreso y siguió dormida en el taxi. Sé que añora su cama y la comida de su madre, aunque no lo diga.
Cuando el taxi finalmente se detiene frente a la casa, la sacudo con suavidad.
—Nena, despierta. Ya llegamos.
Candace se estira con pereza en el asiento, parpadeando con somnolencia. Afuera, el chofer baja nuestras maletas.
—Toma la tuya —le digo.
Ella la arrastra sin mucho entusiasmo. Dentro, bien protegido, lleva su trofeo. Lo ganó en su categoría, asegurándose un pase a las regionales. Estoy orgulloso de ella, aunque el cansancio en su rostro me dice que ahora mismo lo único que quiere es acostarse.
Mientras avanzamos por el camino de entrada, siento un nudo en el estómago. Michelle debe estar preocupada. No hemos hablado en días, y cuando llamó, no le contesté. Sé que no estuvo bien de mi parte, pero en ese momento no supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que la sombra de mi indecisión la sigue hiriendo? Blake insiste cada vez más, pero yo… yo sigo atrapado en esta realidad.
Casado con Michelle, incapaz de pedirle el divorcio.
Abro la puerta, esperando encontrar el hogar familiar esperándonos. Pero en su lugar, nos recibe un silencio desconocido.
Candace frunce el ceño y me mira con inquietud.
—¿Mamá habrá salido?
No tengo respuesta.
Subimos las escaleras en silencio. Ella va a su habitación; yo, a la mía. Pero al abrir la puerta, algo no encaja. Hay una sensación extraña, como si el aire estuviera más ligero. Como si el cuarto hubiera perdido su esencia.
Dejo mi maleta en el suelo y miro alrededor. Algo está mal.
Tomo el teléfono y marco el número de Michelle. Suena varias veces antes de ir a buzón.
Vuelvo a intentarlo. Nada.
Un tercer intento. Lo mismo.
Un escalofrío me recorre la espalda. Respiro hondo y camino hacia el clóset. Abro la puerta.
Vacío.
Mis ojos recorren el espacio donde antes estaban sus vestidos, sus zapatos, sus cajas con recuerdos. Ahora solo quedan perchas solitarias, balanceándose con un eco silencioso.
Doy dos pasos hacia atrás, sintiendo cómo el desconcierto se transforma en una creciente angustia. Camino hasta el buró de su lado de la cama. También vacío. Abro los cajones. Nada.
Voy al baño, casi con la esperanza de estar imaginándolo todo. Pero sus cosas tampoco están allí.
El aire se siente más frío.
¿Qué diablos está pasando?
Escucho la puerta principal abrirse y mi corazón da un vuelco. Me giro con la esperanza de verla entrar.
Pero no es Michelle.
Candace está en la puerta de la habitación, con los ojos muy abiertos y la voz temblorosa.
—Papá… ¿Mamá se ha ido?