6. Debí alejarme, pero no lo hice

1822 Palabras
6. Debí alejarme, pero no lo hice Michelle Recorro el pequeño espacio y debo decir que no me desagrada. Tiene lo básico para una mujer que va a vivir sola: un recibidor, una pequeña sala-comedor que conecta con la cocina que tampoco es de gran tamaño; una recámara principal y una de huéspedes más pequeña, y uno y medio baños. Ah! y lo más importante es que tiene un pequeño balcón con algunas macetas con geranios. Las señales aún me siguen. Amo los geranios. —¿Y bien? ¿Qué le parece? —Una amable vendedora ya mayor, me sonríe de manera esperanzada con que acepte firmar este lugar. —Me gusta mucho. Lo tomo. —Veo que celebra con un pequeño grito de alegría. —Perdón si me emociono mucho, pero es mi primera venta. Hace mucho que dejé de trabajar, pero ahora que mi esposo ha muerto, he decidido volver a comenzar y no quedarme en casa a cuidar nietos. —¿Dejó de trabajar cuando se casó? —Le pregunto y asiente. —Así es. Dediqué cuarenta años a mi familia y ahora que mi esposo no está y que mis hijos no me necesitan, he decidido vivir y experimentar lo que debí haber hecho hace muchos años. Ser independiente, ganar mi propio dinero. Las pequeñas satisfacciones de la vida. Le sonrío, pues me parece muy valeroso lo que está haciendo. —La felicito de verdad. Yo estoy haciendo algo parecido. —Veo que no me entiende y solo sonrío. —Es largo de contar. Brevemente, me estoy divorciando después de diez años de casada. —Veo que hay sorpresa en su rostro. —¿Diez años? Pero si usted es una niña. —Niego con la cabeza. —No, ya no lo soy, pero siempre se puede comenzar de nuevo…¿cierto? —Ella solo asiente. —Si tiene tiempo, la puedo invitar a tomar algo. Hay algunas cosas que usted debe leer en el contrato, que dice…¿vamos? —¡Vamos! —La señora Bianca me indica el lugar donde me espera. Es una pequeña cafetería cerca de ahí. Debo decir que me gusta el lugar. Pareciera que el tiempo no ha pasado por ahí. Incluso las meseras visten uniformes con ropa de los sesentas. —Me gusta este lugar porque me siento como en mi juventud. —Le sonrío y la sigo. Nos llevan café y una rebanada de un pastel delicioso. —Creo que se convertirá en uno de mis lugares favoritos. —La señora sonríe complacida y comienza a contarme como su esposo descubrió este lugar y solían ir a desayunar los domingos. —Parece que usted vivió una linda historia de amor. —Le digo con voz triste, pero ella palmea mi mano. —Todos los matrimonios son diferentes. Son como un juego que hay que saber jugar, pero cuando les encuentras el truco, todo funciona como un mecanismo perfecto. No niego que tuvimos altas y bajas, pero el amor que nos teníamos, al final se sobreponía a todo lo demás. La escucho mientras bebo mi café. Es verdad. Cuando algo no está bien cimentado, con una simple brisa, puede ser derrumbado como un castillo de naipes. Pero cuando los dos están enfocados y el amor y el respeto son mutuos, nada ni nadie puede lograr que se separen. —El mío no empezó bien. Creo que ese es el motivo de mi fracaso. —Cuénteme, soy toda oídos. —Entrecierro los ojos. No sé si me quiere escuchar para que me desahogue o porque le gusta el chisme, pero le doy mi voto de confianza. —Bueno…la relación con mi esposo comenzó así… Flashback —¡Hola! ¿Quieres pelear de nuevo por la puerta? El hombre, de rostro atractivo, me regala una sonrisa jocosa. Creo que se está burlando de mí. —Bueno, para pelear se necesitan dos. ¿Quieres ser mi contrincante? Suelta una sonrisa genuina que me desarma y alegra mi corazón. —No, paso. Por cierto... ¿Eres patinadora? Me encojo de hombros. —Un poco —miento levemente. Quiero que lo descubra por sí mismo y sepa que soy una de las mejores. —Mi novia también patina. Vengo a recogerla. Señala hacia la pista, donde veo a Blake ejecutando un giro casi perfecto. Su talento es innegable. —Vaya, es muy buena. Él solo sonríe, con los ojos llenos de admiración por su novia. Ella termina su rutina y sale de la pista. Cuando nos ve juntos, hace una mueca de desagrado. —¡Cariño! Terminé. ¿Nos vamos? Me observa de arriba abajo, pero no me dirige la palabra. —Sí, vamos —responde él, antes de girarse para mirarme una vez más—. Nos vemos, señorita. Ni siquiera preguntó mi nombre. Quise decírselo, pero decidí obviarlo para no molestar a la chica. Solo le devolví la sonrisa. Desde aquel día, comencé a verlo con mayor frecuencia. Aunque nunca nos acercábamos demasiado, me gustaba observarlo desde la distancia. —¡Ya! Deja de mirarlo o la Sullivan vendrá a jalarte del cabello y sacarte los ojos. No lo dudaba. Blake notaba mi interés por su novio, y sus miradas maliciosas eran aterradoras. Solo era un par de años mayor que yo, pero parecía haber vivido más. Su porte y actitud reflejaban experiencia, mientras que yo seguía sintiéndome una niña. Faltaban dos meses para mis dieciocho años, pero Abdiel solía decir que, en realidad, era una quinceañera atrapada en el cuerpo de una mujer. Tal vez tenía razón. Físicamente, me asemejaba a una universitaria: cabello oscuro y largo con ondas, 1.70 metros de altura, figura delgada y ojos verdes. Solía llamar la atención de hombres mayores, pero nunca había accedido a salir con nadie. Mi vida giraba en torno a la escuela y mi pasión: el patinaje. Los veía juntos y no podía evitar suspirar. Si tan solo lo hubiera conocido primero, tal vez habría tenido una oportunidad con él. —¡Bien hecho! Han mejorado un poco más. La “nazi” nos felicita por el esfuerzo, y creo que en verdad hemos progresado. A diferencia de los demás patinadores bajo su entrenamiento, a quienes solía llamar con adjetivos poco agradables, esta vez nos dirige una palabra de aliento. Tras terminar la rutina, salgo del vestidor lista para ir a casa, cuando me topo con él observando la pista. Hay algo en su rostro que no logro descifrar. —¡Hola! ¿Estás bien? —pregunto, y él voltea a mirarme. —Hola... Vine a buscar a mi novia. No le avisé que pasaría por ella y, al parecer, hoy no vino a entrenar. Debo irme. Su expresión parece afectada, por lo que intento ayudar. —¿Ya la llamaste? Asiente levemente. —Sí, pero no me contesta. —Tal vez se quedó sin batería. Es algo común. Mueve la cabeza en un gesto de aceptación. —Puede ser. Iré a su casa. Por cierto, soy Ryan. Ryan Allen. Estira su mano y la estrecho con una sonrisa. —Mucho gusto, Ryan. Yo soy Michelle. Michelle Gómez. Hija de padre mexicano —le aclaro al notar su expresión de sorpresa. —Igualmente, Michelle. Eres buena, te observé en la pista hace rato. De inmediato siento el calor subir a mis mejillas. Mi piel, demasiado pálida por herencia de mi madre, delata mi rubor, haciéndome parecer un tomate rojo. —Bueno, debo irme. Ojalá que tu novia esté bien. Me despido con un ademán y me dirijo a la salida. Después de ese día, no volví a verlo por varias semanas. ***** —¿Vienes a la fiesta? Lo pienso por un momento antes de responder. El hermano mayor de Abdiel celebraría una fiesta en su nuevo departamento y, para la inauguración, había invitado a sus amigos y compañeros de trabajo. —Pero habrá muchos desconocidos. ¿Y si me siento incómoda? Abdiel suelta una ligera risa. —Tonta, no te preocupes. No me voy a despegar de ti. Anda, será divertido. —Está bien, le pediré permiso a mis padres. La noche del sábado llegó y yo estaba lista para salir. Mi madre me miraba emocionada, mientras mi padre se mostraba receloso. Su pequeña niña se iba de fiesta por primera vez. —Tomaré una fotografía. Ruedo los ojos al escuchar a mamá. Definitivamente para ella, era un recuerdo digno de guardar para la posteridad. En ese momento, el sonido de un claxon nos interrumpe, y papá se levanta para abrir la puerta. —Buenas noches, señores Gómez. ¿Está lista? Me acerco y doy una vuelta completa. —Estoy lista. Todos reímos. Ellos saben que no le gusto a mi amigo, pues sus preferencias son evidentes. —No tengo que decirte que te la encargo. Mi padre habla con voz de advertencia, pero Abdiel no se amilana. —Cuidaré a la princesa como un caballero, no se preocupe. Salimos y llegamos a un edificio de departamentos. El de su hermano está en el quinto piso, y cuando entramos, la música se escucha hasta el exterior. Pensé que sería algo más íntimo, pero resulta ser una gran fiesta. Al vernos, Dylan se acerca a saludar. —¡Michez! Viniste. Me saluda con entusiasmo, lo que me sorprende, pues no somos amigos cercanos. —¡Hola! Gracias por invitarme. Te traje una planta. Le entrego una pequeña suculenta que compré como regalo. —Espero que te guste. Me observa por unos segundos antes de sonreír y agradecerme. —Eres muy amable. La cuidaré como a una hija. Río ante su comentario y nos invita a pasar. Hay mucha gente, buena música y bebidas por doquier. Pronto me siento abrumada, así que me dirijo al pequeño balcón, cuya puerta está abierta. Me distraigo observando la ciudad cuando siento una presencia detrás de mí. —Luces muy bella esta noche. Reconozco su voz al instante y una amplia sonrisa aparece en mi rostro. Me giro y lo veo. No pensé que me alegraría tanto verlo, pero así es. —¡Ryan! Baja la cabeza y sonríe de lado. Se nota que ha bebido, su cabello y su ropa están algo desacomodados. —Hola, patinadora. ¿Qué haces aquí? —Soy amiga del hermano del dueño del departamento. Hace una mueca. —Ah, cierto. El afeminado es hermano del idiota. Me quedo en shock al escucharlo. —Si no son tus amigos... ¿Qué haces aquí? Se encoge de hombros. —No tenía nada mejor que hacer. Ya no tengo novia. La acidez en sus palabras es evidente. —Lo siento. Con razón no te había visto estos días. ¿Estás bien? No responde. Solo lo veo acercarse a mí. —Ahora lo estoy. Y sin pedir permiso, me acorrala contra el barandal y toma mis labios. Mi primer beso. Debí alejarlo. Debí separarme. Pero no lo hice. Era como si mi deseo se hubiera hecho realidad.
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