4. Volver a comenzar
Michelle
—¡Hija! ¿Y esa maleta?
Al ver la preocupación en el rostro de mi madre, no puedo evitarlo: me derrumbo. Podría mentirle a cualquiera, pero no a ella.
—Me fui de la casa. Voy a divorciarme.
Su expresión se congela. Me toma del brazo con suavidad y me lleva adentro.
—¿Divorciarte? ¿De qué estás hablando? ¿Peleaste con Ryan?
Niego con la cabeza. Ni siquiera llegamos a eso.
—No, mamá. No peleé, simplemente me cansé. Me cansé de ser un adorno, de ser solo alguien que está ahí, a su conveniencia, pero sin suficiente valor como para ser amada. Me agoté de su indiferencia y su frialdad.
Hago una pausa. Lo que viene duele más que cualquier otra cosa.
—Ryan tiene una amante. Y Candace quiere que su padre y esa mujer estén juntos.
Mi madre ahoga un grito, llevándose una mano a la boca.
—¡Eso es imposible! Candace es tu hija.
Sonrío amargamente. Si no fuera porque se parece tanto a mí físicamente, podría pensar que me entregaron a otra niña al nacer.
—Lo escuché de su propia boca.
Saco mi teléfono y busco en la galería. Se lo entrego con manos temblorosas. Mi madre observa las imágenes y palidece más de lo que ya estaba.
—¡Dios mío! Siempre sentí que Candace era distante contigo, pero lo atribuía a su relación con su padre. Ahora veo que es algo mucho más profundo. Lo siento tanto, hija.
—Yo también lo siento —susurro.
Bajo la mirada.
—Por eso me fui antes de que volvieran. No quiero verlos, no ahora.
Mi madre titubea antes de hablar.
—¿Les vas a dejar el camino libre? ¿Vas a permitir que esa mujer se quede con tu vida, con todo lo que construiste?
Esbozo una sonrisa amarga.
—¿Mi vida? Eso suena a una broma cruel, mamá. No, no les dejo nada. Solo los libero para que sean felices. Aún soy joven y no voy a quedarme llorando por algo que nunca debió ser. Lo intenté, hice todo lo que pude. Pero si no empiezo a amarme a mí misma, terminaré creyendo que mi vida no tiene valor.
Respiro hondo y continúo.
—Ryan y ella llevan juntos tres años. ¿Te das cuenta? ¡Tres años de mentiras! Años en los que me miró a los ojos sin pestañear, fingiendo que todo estaba bien. Y Candace... Candace prefiere que yo no esté.
Me abrazo a mí misma.
—Es hora de que ellos comiencen su nueva vida. Yo encontraré la mía.
Las lágrimas de mi madre me duelen. Estiro la mano y limpio su llanto. No quiero que sufra por mí.
*****
Solo tomé algunas pocas cosas de mi casa marital y caben en dos maletas. Voy a mi antiguo cuarto en casa de mis padres para acomodarlas. Nada más al entrar, siento como si llegara a un mundo distinto. El tiempo parece retroceder muchos años, a cuando era una joven inocente y llena de sueños. Cuando la felicidad era sencilla, cuando me sentía amada sin condiciones.
Miro a mi alrededor y me pregunto: ¿Dónde quedó esa niña? ¿En qué punto del camino dejé caer mis sueños y anhelos?
Abro el clóset para guardar mis cosas y descubro que aún hay muchas que dejé atrás cuando me fui. Tal vez heredé de mis padres la costumbre de acumular recuerdos tangibles. Sonrío al ver lo que permanece: un viejo traje de patinadora talla XXS, imposible de imaginar en mi cuerpo actual; uno de mis últimos uniformes escolares, que probablemente ya debería haberse donado hace tiempo; accesorios para el cabello que alguna vez adoré y tantas otras pequeñas memorias encapsuladas en objetos.
Cierro los ojos un momento. Es como si mis padres hubieran dejado todo tal cual, esperando mi regreso.
Al colocar mis zapatos en su lugar, noto una caja escondida en el fondo. La saco con curiosidad y descubro que está llena de papeles y notas. Al fondo, hay un álbum. Lo tomo y, como si una espiral del tiempo me jalara, me veo de vuelta en el año 2005.
Era una joven llena de esperanzas, a punto de ingresar a la universidad. Mi mayor felicidad era deslizarme sobre la pista de hielo, sentir el viento acariciar mi rostro mientras giraba. Y entonces, lo recuerdo todo.
Recuerdo la tarde en que Ryan llegó a mi vida.
Recuerdo cómo, sin proponérmelo, me enamoré.
Flashback
—¡Más rápido, Michez!
El sonido de las cuchillas deslizándose sobre el hielo resuena en mis oídos mientras acelero el ritmo. Estoy en la pista con mi compañero, Abdiel, ambos sincronizados en un mismo propósito: ganar velocidad antes de la próxima maniobra. Últimamente, él me exige más, me empuja al límite, pero no me quejo. Me gusta que me rete, que me desafíe. Eso significa que confía en mí, en mi capacidad para mejorar, para llegar más lejos.
El aire helado acaricia mi rostro, despejándome la mente. La sensación de velocidad es embriagadora, como si en cualquier momento pudiera despegar y volar. El hielo es nuestro escenario, y en este momento, solo existimos nosotros dos.
—¡Ahora!
Esa es la señal.
Con un impulso firme, Abdiel me lanza al aire. Mi cuerpo se eleva con precisión, estiro los brazos, apuntando al cielo, sintiendo el vértigo y la adrenalina recorrerme como un relámpago. Durante un segundo, todo se vuelve etéreo, suspendido en un instante de perfección. La gravedad me reclama de vuelta y, con una sincronización impecable, caigo en sus brazos. Todo es exacto, milimétrico.
Todo es perfecto.
Terminamos la acrobacia con un deslizamiento elegante, reduciendo la velocidad de forma progresiva hasta adoptar nuestra pose final: una postura romántica, calculada para añadir un toque de emoción y conexión a nuestro performance.
Por un instante, creemos haberlo logrado. Creemos que ha salido impecable.
—Aún les falta.
Su voz nos saca de nuestro efímero éxtasis.
Nuestra entrenadora nos observa con esa mirada crítica que ya conocemos bien. Su expresión es fría, impenetrable. Creíamos haber alcanzado la perfección, pero para ella nunca es suficiente. No se conforma con algo "bien hecho"; quiere la excelencia, la ejecución absoluta.
Algunos la llaman "la nazi". Yo, en tono de broma, lo digo con más seriedad de la que debería. Es alemana de nacimiento, aunque nacionalizada estadounidense, y su disciplina es inquebrantable. No tolera errores, no acepta la mediocridad.
Nos observa en silencio unos segundos más, dejando que la incomodidad pese sobre nosotros. Luego cruza los brazos.
—La elevación fue buena, pero no perfecta. Michez, tu postura en el aire aún se ve tensa. Abdiel, el aterrizaje pudo ser más firme. Si van a hacer esta rutina en competencia, necesito que den más.
Sus palabras caen como una sentencia. Respiro hondo. Sé que tiene razón.
Abdiel y yo nos miramos. No necesitamos decir nada; la determinación está en nuestros ojos. Queremos superarnos. Queremos alcanzar esa perfección de la que ella habla.
—Vamos otra vez —dice, tajante.
Nos colocamos en posición. El cansancio se siente en los músculos, pero la pasión es más fuerte.
El hielo nos espera.
*****
Dos horas después
Mis piernas arden, el sudor frío se mezcla con mi aliento agitado. Caigo de rodillas sobre la pista, agotada. Abdiel se deja caer junto a mí, apoyando las manos en sus rodillas, también jadeando.
—Creo… que si lo hacemos una vez más, voy a morir aquí mismo —bromea, aunque su voz suena demasiado cansada para reírse.
Yo sí río, pero sin fuerzas.
Nuestra entrenadora nos observa, impasible. Luego asiente, con una pequeña muestra de aprobación.
—Mucho mejor —dice, sin emoción, pero al menos sin críticas.
Eso es lo más cercano a un elogio que hemos recibido de ella en semanas.
—Bien, terminamos por hoy —anuncia finalmente.
Casi quiero llorar de alivio.
Nos deslizamos fuera de la pista, las piernas pesadas. Me quito los guantes y los patines mientras tratamos de recuperar el aliento.
—¿Qué opinas? —pregunta Abdiel mientras se sienta a mi lado, aún sin aliento.
—Que me muero de hambre. —Se ríe.
—Yo también.
Nos miramos y, sin necesidad de decir más, sabemos que hoy hemos avanzado. No ha sido perfecto, pero hemos estado cerca. Y eso es suficiente para ahora.
Mañana, lo intentaremos de nuevo.
Mañana, será impecable.
Estamos a punto de salir del área de entrenamiento, cuando vemos entrar a una de las chicas nuevas en el equipo. Ella pertenecía a otra escuela, pero llegó aquí para estar con otra de las entrenadoras más exigentes, del tipo nivel olímpico. La veo entrar en la pista en solitario y deslizarse con una ligereza que no puedo evitar admirar.
—Es buena. —Le digo a Abdiel que hace gesto que indica que no le agrada.
—Creo que eres mejor. Vamos. Y no tengas miedo de que pueda ser competencia tuya. Ella es quien debería temerte. —Sé que hay pocos lugares para clasificar a las nacionales, y yo deseo ser quien vaya. Pero no puedo subestimarla. Llegamos a la puerta, pero cuando empujo hacia afuera, alguien lo hace hacia dentro, con más fuerza que yo, por lo que casi me golpea.
—Perdón. —Levanto la cara al escuchar su voz, que me hace estremecer sin entender por qué. Y entonces lo veo. Es el hombre más guapo del universo. —¿Estás bien? —Me pregunta con preocupación y cuando estoy a punto de negar, una voz le grita desde la pista.
—¡Amor! Llegaste. —Quien lo llama es la chica nueva. Blake Sullivan.
—Si estás bien, me despido. —Es todo lo que dice para correr al lado de su amada.
—Quita esa cara…ese hombre ya tiene dueña. —Mi amigo me devuelve a la realidad. Así que solo suelto un gran suspiro.
—Así es. Ni hablar. Vamos. —Doy una última mirada hacia donde está el chico guapo. Y por extraño que parezca, él se gira y me sonríe. Mi joven e inexperto corazón dio un vuelco extraño. Creo que es lo que llaman amor a primera vista.
Fin del flashback
*****
Cierro el álbum de golpe y dejo escapar un suspiro. Me siento en la orilla de la cama y paso las manos por mi rostro, como si así pudiera borrar los recuerdos que acaban de inundarme. Es irónico cómo las imágenes del pasado pueden parecer tan vivas, casi como si pudieras tocarlas, como si pudieras volver a ellas y hacer algo distinto.
Me quedo así por un momento, sosteniendo el álbum entre mis manos, como si pesara toneladas. Luego, con un nudo en la garganta, lo coloco sobre la mesita de noche. A pesar de todo, sigo aquí. Sigo adelante.
El sonido de la puerta abriéndose me saca de mis pensamientos. Mi madre entra con una taza de té caliente y una mirada comprensiva. Se sienta a mi lado y me observa en silencio por un momento.
—Hija, estar aquí no significa que hayas retrocedido. A veces necesitamos volver a nuestro punto de partida para recordar quiénes somos y encontrar la fuerza para seguir adelante.
Sus palabras me golpean con fuerza. La miro y veo el amor en sus ojos, el amor que nunca me ha faltado. Me abrazo a ella y dejo que las lágrimas que había estado conteniendo fluyan libremente.
Tal vez mi historia no está terminada. Tal vez, solo está volviendo a comenzar.