—¡Wow!... ¿Y eso? —me acerco a Dominico y observo más de cerca los tatuajes. Son de estilo japonés; tiene un dragón en un antebrazo y un pez koy en el otro. —¿Te gustan? —pregunta notoriamente sorprendo y al mismo tiempo emocionado. —No. ¡Me encantan!... Que envidia, yo siempre he querido tatuarme, pero soy muy cobarde. Creo que me desmayaría al primer contacto de la aguja con mi piel. —Exagerada. Yo tengo cuatro tatuajes. Estos dos y otros dos en la espalda. ¿Quieres verlos? —Si. Claro —respondo alegre. Dominico no se hace de rogar cuando ya se está desabrochando los botones de su camisa. Al terminar se la quita y la tira junto a la americana. No voy a mentir, Dominico está como para chuparse los dedos. Abdomen plano y marcado, y sus brazos, al igual que su espalda están bastante

