CAPÍTULO 6

1233 Palabras
Mi nuevo volante Hay una belleza extraña, áspera y redentora en el olor a gasolina barata, alfombra húmeda y ambientador de pino vencido. Mi nuevo santuario portátil, adquirido gracias a los ahorros de emergencia que logré rescatar de una cuenta secreta que Richard jamás supo que existía y a un préstamo usurero de una casa de empeño en Brooklyn, era un Ford Focus sedán de color gris plomo, año 2012, con ciento cuarenta mil millas en el odocuento, la pintura del capó descascarada como si tuviera lepra automotriz y un parachoques trasero que se sostenía firmemente a base de cinta adhesiva industrial y pura fe católica. Lo bauticé "El Tanque". A mis veintiocho años, mi currículum sentimental estaba hecho trizas, pero mi capacidad para adaptarme a las catástrofes urbanas se había refinado hasta alcanzar el rango de arte marcial. Tras el divorcio exprés que me dejó en la calle y la desbandada masiva de mis "falsos amigos", entendí que el lamento no paga la renta ni compra café soluble. Necesitaba generar dinero, y lo necesitaba ayer. Así fue como terminé descargando la aplicación de Uber en un teléfono celular con la pantalla estrellada y registrándome como conductora en el turno nocturno de una ciudad que nunca duerme, pero que tampoco tiene la menor intención de tratarte con compasión. Las primeras veinticuatro horas al volante fueron un bautismo de fuego en el asfalto neoyorquino. El tráfico de la Gran Manzana es una bestia de mil cabezas que respira escape, bocinazos y frustración acumulada. Tuve que aprender a la fuerza a maniobrar entre carriles con la precisión de un cirujano psicópata y a soportar el zumbido constante del GPS repitiendo instrucciones con esa vocecita electrónica que parecía burlarse de mis penurias financieras. —Gire a la derecha en la próxima intersección, y luego vuelva a recalcular su patética vida —parecía decirme el aparato cada vez que me equivocaba de ruta por culpa de un desvío imprevisto. Pero lo verdaderamente fascinante, exasperante y alucinante de trabajar como conductora de Uber no eran las calles, sino la fauna humana que se subía a la parte trasera de mi vehículo buscando un refugio temporal, un pañuelo de lágrimas o simplemente un taxista al que ignorar mientras hablaban por altavoz de sus miserias conyugales y financieras. Mi primera semana al volante fue un desfile ininterrumpido de personajes sacados de una pesadilla de Fellini combinada con una comedia negra de medianoche. El primer pasajero de mi segunda noche fue un hombre regordete de unos cincuenta años, enfundado en un traje caro pero arrugado, que se subió al coche oliendo fuertemente a whisky barato y a desesperación bursátil. Apenas cerró la puerta de golpe, comenzó a sollozar con hipidos audibles, apoyando la frente contra el respaldo del asiento del pasajero delantero como si fuera un niño perdido en un centro comercial. —Lo perdí todo, maldita sea... todo al rojo, y salió negro... —balbuceaba entre lágrimas, golpeando el salpicadero con la palma de la mano abierta—. Mi esposa me va a matar, los de la bolsa me van a arrancar la piel a tiras... Yo lo miré por el espejo retrovisor interior, ajustando las manos firmemente sobre el volante desgastado de mi Ford Focus. Mi lengua, esa vieja indomable que siempre se negaba a guardar silencio cuando la estupidez humana desbordaba los límites de la paciencia, comenzó a picar con urgencia. —Mire, amigo —le solté con mi tono más seco y cortante, sin apartar la vista de los semáforos en rojo de la calle 42—. Si va a vomitar en la tapicería de mi auto, le advierto de una vez que el costo de la limpieza profesional lo va a pagar con el reloj Rolex falso que lleva en la muñeca izquierda. Y en cuanto a su esposa, créame que enterarse de que es un imbécil adicto al juego es un favor que le está haciendo; tarde o temprano se iba a dar cuenta de que el verdadero n***o en su vida era su cuenta bancaria. El hombre se quedó petrificado, con la boca abierta a medio camino entre el llanto y la indignación, parpadeando estupefacto ante mi falta absoluta de tacto terapéutico. Pero, para mi absoluta sorpresa, dejó de llorar de golpe. Se acomodó en el asiento, tragó saliva con dificultad y murmuró un tímido: —Tiene usted un carácter de mil demonios, señorita. —Y usted un sentido de la orientación financiero de jardín de infantes —le retruqué con una media sonrisa cínica—. Pero gracias por elegir Uber. No olvide calificarme con cinco estrellas en la aplicación para mantener mi promedio a flote. Esa clase de interacciones se convirtieron en mi pan de cada día. A lo largo de mis primeras jornadas al volante, transporté a una joven actriz de teatro independiente que se pasó todo el trayecto de dieciocho cuadras ensayando un monólogo sobre la muerte de su abuela con tanta intensidad dramática que pensé que se iba a desmayar sobre la alfombrilla del piso; a un par de influencers desesperados que discutían a gritos sobre quién de los dos había comprado los seguidores falsos para su última campaña de caridad; y a un viejo profesor universitario retirado que se pasó el viaje entero recitando fragmentos de la Divina Comedia en italiano antiguo mientras yo intentaba descifrar un mapa desactualizado de Brooklyn bajo una llovizna implacable. La cruda realidad de la calle te va pelando las capas de sensibilidad hasta dejarte expuesta, blindada y peligrosamente autosuficiente. Cada pasajero que subía a mi coche dejaba un rastro invisible de su propia tragedia o de su comedia absurda, recordándome que el mundo entero parecía estar habitado por almas rotas que intentaban fingir normalidad mientras conducían hacia ninguna parte. Al terminar mi turno, cerca de las cuatro de la madrugada, estacioné el Ford Focus en un rincón oscuro y tranquilo de Queens, apagué el motor y me quedé un largo rato en silencio, escuchando cómo el metal del capó se enfriaba con crujidos metálicos bajo la neblina nocturna. Me dolía la espalda, tenía los ojos ardiendo por el cansancio y las manos crispadas de tanto aferrarme al volante. Saqué mi teléfono celular de la guantera, abrí la aplicación de Uber y revisé las ganancias del día: ochenta y cuatro dólares con cincuenta centavos, descontando la gasolina y el café n***o de la estación de servicio. No era mucho, ni de lejos el futuro brillante que me prometieron las revistas de superación personal, pero era mío. Completamente mío. Fruto de mi esfuerzo, de mi resistencia y de mi capacidad para soportar a borrachos insufribles sin perder la compostura. A mis veintiocho años, conducir ese viejo auto destartalado ya no se sentía como una humillación, sino como la primera línea de defensa de mi nueva independencia. Lo que no sabía, lo que ni por asomo cabía en mi imaginación más febril en ese rincón olvidado de Nueva York, era que la rutina de recoger pasajeros extraños estaba a punto de cruzarse con una jugada del destino tan retorcida, peligrosa y letal que cambiaría el rumbo de mi existencia para siempre, arrastrándome de cabeza al submundo de mafiosos internacionales, balaceras y hombres que no creían en el amor. Pero esa, querida mía, es una historia que comenzó a escribirse la noche en que acepté un viaje que jamás debió aparecer en mi pantalla.
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