La abadía de las montañas. 3

2634 Palabras
Emely despertó pasado el mediodía, le estaba doliendo la espalda todavía y es que parecía que el analgésico que su madre le dio solo sirvió para causarle sueño, con cautela se sentó en la cama sintiendo el ardor en su espalda y se dio cuenta de que a ese paso no llegaría con vida a sus veinte años porque las palizas se habían vuelto más brutales, se quedó sentada en la orilla de la cama mientras su mirada se quedaba perdida en algún punto del suelo empedrado y llevó la mano al bolsillo de su vestido para sacar la bala que aquel desconocido le dio por su ayuda. Era algo tan bonito por el brillo que tenía, pero Emely desconocía el poder que ese pequeño objeto tenía y todo el daño que podía llegar a hacer, mientras recordaba sus detalles físicos le llegó una especie de envidia porque él solo estaba perdido y podía volver con sus amigos siguiendo un camino, pero ella estaba prisionera tras grandes muros y su interior estaba tan lleno de miedo que dudaba de sus propias capacidades para sobrevivir lejos de ese lugar. – ¡Emely! – Carolina entró de repente al cuarto. – ¿Qué quieres? – escondió la bala entre sus manos. – Te traje pan y agua, para que pienses en tus pecados, la abadesa no quería darte nada de comida, pero en mi infinita bondad decidí romper las reglas solo por ti. – dijo la mujer dejando las dos cosas sobre la mesita de noche. – ¿Qué pecados? – se levantó y discretamente llevo el objeto brillante dentro de su bolsillo – Sabes una cosa, no me digas nada, no quiero saberlo porque cada vez que una de ustedes abre la boca solo me convencen de que están dementes. – tomó la botella y la abrió. – No me faltes el respeto o te meteré una bofetada. – se sentó en la cama. – ¿No te basta con que me hayan roto la espalda? – llevo la botella a sus labios, pero un olor amargo le llegó a la nariz. – Una hija respetuosa no le dice a su madre ese tipo de cosas y tú eres una malagradecida porque no comprendes que la abadesa solo hace lo mejor para ti. – se cruzó de brazos. – ¿Lo mejor para mi o lo mejor para su demencia? Deberíamos escapar de este lugar mamá, hay un mundo completamente diferente afuera y podríamos vivir sin temor a que las paredes escuchen los secretos. – tapó la botella. – Afuera no hay otro mundo de ensueño, afuera hay bestias salvajes que no dudarían en despedazarte viva, este lugar es un paraíso para quienes queremos estar aquí, pero sé que tu no quieres, a ti no te gusta la seguridad que nos brinda la abadesa. – hizo una mueca de disgusto al ver como Emely devolvía la botella a su sitio. – El gotero que usas para dormirme, tiene un olor muy distintivo y no comprendo porque lo haces, yo creyera que este lugar es un paraíso si esa vieja bruja no estuviera obsesionada conmigo. – sabía que su madre la lleva drogando desde que tenía quince años. – ¡Respeta, me estas colmando la paciencia! – dijo con voz firme – El chico de los suministros ¿Él te ha metido esas ideas estúpidas en la cabeza sobre que afuera la vida es color de rosa? – a pesar de haber descubierto a su hija, ella se mantuvo tranquila – Espero que no vayas a mentirme, sé que llevas un mes saliendo de la abadía para encontrarte con él. – se quiso hacer la prepotente sabelotodo, pero le fallaron las cuentas. – No tengo nada que negar, Aegir me mostro otro lado mucho más cálido que las frías paredes de esta abadía del terror. – Emely quería que la expulsaran de ese lugar, solo así sería libre. – No hay mejor lugar que esté, estamos protegidas o eso pensaba yo hasta que ellas vinieron hoy... – bajo la cabeza con tristeza antes de levantarse – Cambia tu vestido por uno de luto y corto, uno que te permita correr. – iba a ir hacia la puerta, pero Emely la tomó del brazo con fuerza. – ¡Dime quienes eran ellas! ¿Por qué vinieron? ¿Por qué me dices esas cosas ahora? – tenía tantas preguntas y su madre parecía no querer hablar. – Si no te quieres beber el agua no lo hagas, no te comas el pan tampoco, pero has lo que te digo, usa ropa color n***o y un vestido corto, botines cómodos porque puedes necesitarlo, has una maleta y busca en la tercera tabla del baño, si logras escapar de aquí cuando ellos vengan vas a necesitar dinero y tus documentos. – Carolina se soltó de un jalón y se fue. Emely tuvo más intrigas que respuestas, pero no podía confiar en su madre porque era una mentirosa de primera, siempre estaba poniendo sus mejores caras para no ofender a la abadesa y eso le causaba más coraje, pero por si las dudas no iba a comer nada ni a beber y sin confiar todavía fue a buscar la tercer tabla en el baño, sabía que se refería al techo pues el piso era de piedra y se tuvo que subir al mueble del lavamanos para poder buscar lo que fuera que su madre había escondido ahí arriba, sus dedos tocaron una caja de madera y la tomó con dificultad. Se quedó encerrada en el baño mientras revisaba lo que había en la caja, pasaporte, partida de nacimiento y unas cuantas fotografías que la mostraban a ella cuando era una bebé, al fondo de aquella caja había fajos de dinero muy bien empaquetados y por lo poco que sabía de divisas se dio cuenta de que eran euros. Guardo todo lo más rápido que pudo y escondió la caja entre las toallas del mueble porque alguien acababa de entrar a su cuarto, salió como si nada e incluso se sorprendió de ver a sor Anna escudriñando sobre su cama. – La abadesa prohibió que te trajeran comida y bebida. – tomó la botella. – Si, así escuché, llévate eso y quédate con las cosas, yo no tengo hambre. – caminó hacia su cama. – Claro que me voy a quedar con ellas, tu no mereces nada de estos beneficios sagrados. – era una mujer regordeta, pero no como las demás, Emely estaba sorprendida de que pudiera caminar por su cuenta. – Es obvio que usted los necesita más que yo, no vaya a ser que se muera de hambre por lo ausente de comida que está. – a veces la malicia de Emely afloraba sin mucho esfuerzo. – Anhelo el día en que tu miserable existencia desaparezca de este lugar. – abrió la boca y de un solo bocado se comió la mitad del pan. – ¿Que andabas buscando? – se sentó en la cama y metió las manos en sus bolsillos. – Nada, vine a decirte que la abadesa no quiere que bajes a cenar y permanecerás en ayuno continuo por tres días. – dijo aun teniendo la boca llena de pan. – Eso ya me lo podía imaginar, pero una luz divina me dice que no permaneceré en este lugar por mucho tiempo. – sus dedos sintieron la bala. – Siempre fuiste una niña muy bonita y cuando creciste te volviste hermosa, te sentías mejor que todas nosotras solo por eso y era irritante. – dio otra mordida al pan. – Nunca me he sentido mejor que nadie, no es mi culpa de ser bonita, pero todas ustedes me acusan a mí de sus complejos en lugar de hacer algo por ustedes mismas. – se tiró hacia atrás evitando una bofetada. – Lo que me acabas de decir lo sabrá la abadesa y estoy segura de que mañana volverá a darte la misma penitencia de hoy. – sonrió dejando ver los restos de pan en sus dientes. – Yo seré libre, pero ustedes están condenadas a quedarse en este miserable lugar y vivirán siendo miserables por el resto de sus cortas vidas. – se levantó y le dio la vuelta a la cama por si tenía que correr. – Si, si, lo que digas... – tomó la botella con agua – Ojalá te mueras antes de tiempo o la abadesa acepte venderte, nos hace falta el dinero y tus órganos nos darían lo suficiente para vivir bien otro año más. – se bebió el agua también mientras la veía con una gran sonrisa burlona. Emely no le dijo nada, solo dejo que se fuera victoriosa por haberle quitado lo único que tenía para comer, pero no contaba con que Aegir le había surtido de agua y galletas muchos meses antes del momento tan incomodo que pasó con él en las cuevas. Sacó del escondite unas cuantas galletas y se las comió antes de irse a meter a la ducha, por lo menos servicio de agua tenían y aunque no era caliente, su cuerpo ya se había acostumbrado a las helada aguas, pero con heridas abiertas aquello fue mucho más doloroso; al salir se puso un vestido de color n***o sin ningún tipo de estampado o revuelo con adornos, se puso sus botines más cómodos después de haberse calzado las calcetas estilo medias que le llegaban hasta por encima de las rodillas, no estaba muy segura para que se estaba preparando, pero había aprendido a escuchar su instinto y algo le decía que esa noche iba a necesitar escapar de las mujeres con las que vivió todo ese tiempo. Metió sus vestidos más bonitos en una mochila, aquellos de telas en colores pastel con delicados bordados de punto, vestidos que solo se le permitían usar en navidades o eventos importantes y todas esas prendas las metió en una mochila, no eran más de diez vestidos bonitos así que quedaba espacio para su ropa interior, algunas medias e incluso metió su segundo par de botines. Con todo completamente listo escondió la mochila debajo de la cama para que nadie la viera por si entraban, una vez arreglado todo solo le quedó esperar a que algo ocurriera, aunque la verdad es que no era muy paciente, pero no podía hacer nada más. Afuera la tarde fue cayendo con sus mantos de vibrantes tonos naranjas, rojos y violetas, algunas partes del cielo se pintaron de rosado y era algo simplemente hermoso de ver, Emely nunca iba a poder aburrirse de la imagen que tenía desde su cuarto en el ático sur de la abadía y sentada en la ventana vio una columna de humo en la distancia, seguramente sería de alguna casa que ya habría encendido la chimenea para calentarse pues todo pintaba a que sería una noche fría, seguía teniendo la bala en sus manos y no dejaba de verla pensando en el hombre que se la dio, su presencia era atractiva e incluso podía describirla como magnética, su rostro era bastante atractivo, una nariz recta, sus labios eran ligeramente gruesos, con la luz del alba vio que su cabello era castaño, como el dulce de leche que una vez comió cuando era niña, le hubiese encantado mucho poder ver el color de sus iris, pero el nerviosismo y la distancia no se lo permitieron. – Emely... – Carolina entró – No quiero que intentes escapar esta noche, ni por la madrugada porque de lo contrario le diré a la abadesa y sabes que no llegarás muy lejos. – avanzó hacia ella. – Por favor, no quiero que te acerques a mi si no estás dispuesta a decirme quien es mi padre y porque me separaste de él. – no se molestó en voltear porque el atardecer era hermoso. – Tu padre era un hombre malo que no te quería, te iba a asesinar y por eso te traje aquí, yo solo quería protegerte mi niña. – lo dijo como si fuese la verdad. – No te creo una sola palabra y no te atrevas a acercarte porque entonces los azotes de mañana van a estar más que bien ganados porque me voy a olvidar de que eres mi madre, eres mentirosa y no puedo creer en nada de lo que sale de tu boca. – giró la cabeza para finalmente verla. – Hay algo que me crees, de lo contrario no estarías completamente vestida de n***o, crees en mis palabras, aunque sea una mínima parte. – sonrió con dulzura que ahora a Emely le parecía fingida. – Vete de mi cuarto, si no me quieres no me importa, pero al menos ten la decencia de respetar mi lugar privado. – se levantó de la ventana con un aire amenazador. Carolina se fue del cuarto casi corriendo porque se dio cuenta de que estaba perdiendo el control sobre su hija y eso le causo miedo, el mismo miedo con él que había gobernado la vida de Emely y ahora los papeles se estaban invirtiendo, Emely pasó a acostarse a la cama porque esa noche muy seguramente iba a ser larga y quizás hasta decepcionante por estar esperando algo que no sabía, por lo menos hambre no pasaría pues comió lo suficiente aunque le hubiese gustado ver a sor Anna desplomarse en un sueño profundo gracias a las cosas que le quitó y siempre le causó mucha curiosidad saber porque su madre la drogaba, sabía que cuando lo hacía se iban de la abadía, pero no comprendía el motivo. En el comedor de la abadía, todas las monjas estaban en sus respectivos lugares disfrutando del banquete que la abadesa mandó a pedir, pollo, pescado, frutas y verduras por montón e incluso sacó las reservas de vino porque esa noche era de celebración pues un milagro estaba a punto de llegar a ellas, Dios les concedería la fortuna que tanto habían estado pidiendo o más bien ella había estado pidiendo, pues despilfarro toda la herencia que sus padres le dejaron y ahora estaba en bancarrota, entonces cuando las mujeres de la mañana comentaron el precio que podrían pagar por una de sus monjas no tuvo mejor idea que venderla al mejor postor sin tomar en cuenta los sentimientos o deseos de la madre de Emely, aunque la abadesa sabia como manipular a todas aquellas mujeres que habían encontrado en ella un refugio de pasados turbulentos, pero a ella no le importaba nada de eso. – Hermanas mías... – la abadesa se levantó – Quiero que me presten atención... – tomó su copa y la llenó hasta el borde – Esta noche celebramos un evento muy importante y es que he tenido una gran revelación con respecto a nuestro futuro, Dios me reveló que esta noche bajarían ángeles que nos darán bendiciones, llenaran nuestras arcas con dinero porque lo necesitamos, pero también nos darán la paz que necesitamos siempre. – sonrió complacida cuando las mujeres comenzaron a asentir. – ¡Amén! – dijo sor Diana y la misma palabra se fue repitiendo por todas, menos sor Anna, que estaba cabeceando. – Pero deben estar conscientes de que hay sacrificios que debemos hacer, la felicidad y las bendiciones no vienen sin dar algo a cambio, deben estar preparadas para eso... – levantó el brazo con su copa – ¡Brindemos esta noche por la llegada de abundancia! – dijo con euforia por haber conseguido emocionarlas. Pero la emoción despertada por la abadesa a aquellas mujeres ingenuas se vino abajo cuando la abadía se sacudió con violencia y un fuerte estruendo retumbó por todos lados, pero no solo las tomo por sorpresa a ellas, Emely se despertó sobresaltada con aquel ruido estridente y es que hasta el suelo de piedra tembló con ella sobre la cama.
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