El silencio que siguió estuvo cargado de tensión. Dafne abrió la boca para responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Antes de que pudiera pensar, los labios de Luis encontraron los suyos, y el mundo pareció detenerse. El beso fue intenso, ardiente, como si ambos estuvieran vertiendo en él todo lo que habían contenido durante tanto tiempo. Las manos de Luis se deslizaron hacia su cintura, acercándola más, mientras Dafne se aferraba a él sin darse cuenta. Por un momento, nada más existió. Pero entonces Dafne rompió el contacto, empujándolo ligeramente mientras respiraba con dificultad. —No vuelvas a besarme, Díaz —solicitó, aunque su voz temblaba y sus ojos seguían fijos en los de él—. No después de besar a tu amada esposa. Luis dejó escapar una risa suave, pero

