—¡Mierda! —mascullé en la moto, estacionando frente al restaurante—. Me ruge la panza, ¡me voy a morir! Miré la hora en el reloj nuevo, ese que todavía me parecía un invento de espías. Cuatro o cinco y algo de la tarde. ¡CUATRO O CINCO! Es que no veo bien, ya me siento mareada. Y yo sin comer nada desde… ¿qué? ¿Las ocho de la mañana? A ese paso iba a terminar en una cama de hospital con suero y todo. Entré al restaurante medio tambaleando, como zombie. Y ahí estaba ella: mi hermana, con esa sonrisa que parecía decir “ya sabía que ibas a colapsar”. —¿Cómo te ha ido? —me preguntó, toda tranquila. Yo solté un gemido dramático. —¿Puedo comer? Dime que en este trabajo te dan comida o tengo que comprarla o traerla… porque si no, me desmayo aquí mismo. Mi panza me traicionó y rugió como dra

