Pero su boca… su boca sabe exactamente cómo borrar mis pensamientos. Y sí, me besa apasionado. Como si quisiera recordarme que no soy tan fuerte como creo. Yo le empujo el pecho, lo miro a los ojos y digo, medio jadeando: —Estás demente. Él sonríe. Esa sonrisa de demonio disfrazado de ángel. —No pienso dejarte —dice. Y no lo dice como una promesa romántica. Lo dice como una advertencia. Yo retrocedo un paso, cruzo los brazos sobre mi pecho y digo lo primero que se me ocurre: —Pues deberías pensarlo, porque yo soy un desastre, Francesco. Un completo y glorioso desastre. Él ríe bajo. —Eso ya lo sé —dice—. Pero también eres el desastre más interesante que he conocido. —Qué halago tan raro —respondo, rodando los ojos—. Me lo tatuaré en la frente si quieres. —Podrías hacerlo —dice, ac

