Ella asintió, derrotada, y se fue a la piscina con Emiliano. Se lanzaron al agua, dejando a Dante y a mí de nuevo a solas. Dante se acercó a mí, con esa mirada intensa que siempre me analizaba. —¿Cómo te sientes? —Bien —le dije, mi voz sonando un poco más ronca de lo normal—. No es que... —Dime, ¿estás acostumbrada a tomar? —me preguntó, con una ceja arqueada, con un tono que mezclaba la burla y la curiosidad. Negué con la cabeza, riendo. —¡Qué! ¿Estás hablando en serio? —Sí. Creo que me llega más cuando me acuesto... a dormir, quiero decir. Me da sueño —dije, riendo con mi propia torpeza. El alcohol me estaba soltando la lengua. —Ja, ja, ja —rió Dante—. ¿Tienes novio, Isabella? —No... y sí —respondí, sintiendo que la respuesta era ridícula. —¿Cómo es eso? —preguntó, con interé

