Mamá me agarró de la mano y, con esa voz que siempre usa cuando quiere suavizar un cuchillo, me dijo: “Ven hija, dejemos a los novios solos”. Asentí como un autómata porque en ese instante cualquier movimiento que no fuera obedecer me habría parecido una escena demasiado teatral. Ella me llevó a la cocina y cerró la puerta detrás de nosotras con cuidado, como quien protege un secreto precioso, aunque el mío olía a vergüenza y a gasolina de moto.
—¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó, y su preocupación se me pegó a la piel como sudor.
Quise vomitar la verdad. Quise soltarlo todo: el presidente, los pantalones a medio bajar, la frase asquerosa “mi final feliz”, la puerta que no se abría, la humillación como un animal pegado a mi garganta. Pero había facturas y la tarjeta de crédito con números que no perdonan ni las verdades más nobles, así que me quedé con la mentira que ya había empezado a tejer en el ascensor: “Mamá, conseguí el trabajo. Me dieron el día, mañana empiezo de lleno. Soy mensajera. Verás que las propinas dejarán mucho. Saldremos de esto”.
Ella me miró, y en sus ojos vi ese brillo reconfortante que mezcla orgullo y alivio. Me abrazó tan fuerte que por un segundo pensé que podría tragarle el olor a lavanda de su camisa y quedarme con algo de paz.
—¿Qué hay de comer? —pregunté, tratando de que mi voz sonara casual, como si no tuviera mil tormentas dentro.
—Tu prima trajo carne, ensalada y arroz —respondió con una sonrisa pequeña, como quien quiere que la casa vuelva a la normalidad—. También hay vino, pero claro, no ajustamos... haré que tengo que ir.
Le hice un gesto con la mano, el clásico “no te preocupes”, aunque la verdad era que me moría por quedarme en la cocina a llorar hasta dormirme. No quería que mamá hiciera más esfuerzos. No quería que gastara ni un centavo extra por mi culpa. Pero antes de que pudiera decir nada, ella me abrazó otra vez y, en ese abrazo, escuché la cuenta: el recibo de la luz que había llegado, la cuota de la tarjeta que no entiende de excusas, el alquiler que no espera. Mi pecho me dolió con la vieja contabilidad de siempre.
—Vamos, que hay fideos —dijo al fin, resignada—. Pero no los prepares tú, que los arruinas.
Me reí entre dientes. Mamá siempre decía eso y, en realidad, ella tiene razón: mi habilidad en la cocina se reduce a quemar el microondas en momentos críticos. Ella sonrió y me empujó suavemente hacia la sala.
—Sal, es mejor que estés con ellos un rato —me dijo.
Asentí sin protestar, aunque mi estómago era un nudo. Salí de la cocina y el comedor me golpeó con su escena de normalidad: Alejandra y Francesco, sentados frente a frente, riendo, brindando. Mi prima, tan perfecta y transparente como siempre, había preparado comida para dos, como si la casa fuera una vitrina y no un nido precario de necesidades.
—Deberían comer —dije en voz alta, intentando sonar indiferente—. Mamá y yo estaremos ocupadas.
Francesco, que parecía todo confianza y medida, hizo un gesto amable con la cabeza.
—Gracias, Isabella. Luego me cuentas cómo te fue.
Quise reír, quería reír y soltar una carcajada de incredulidad, pero en su lugar mentí.
—No me siento bien —respondí, con una voz que sonó más endeble de lo que imaginé—. Mamá me preparó una sopita. Voy a mi cuarto.
Me di media vuelta y caminé hacia la cocina con la sensación de que el comedor entero me miraba como si fuera un cuadro incómodo en la pared.
Justo cuando iba a entrar a la cocina y alejarme de ellos, algo me detiene: una mano en mi hombro. Me doy media vuelta con el corazón latiéndome en la garganta y lo veo: Francesco. Su palma es cálida, firme, como si quisiera asegurarse de que no voy a escapar de la escena que él acaba de plantar en mi casa. Mis músculos se tensan de inmediato; la cercanía de su cuerpo me obliga a respirar más despacio para no delatar el temblor interno.
—¿Qué pasa? —le digo, intentando que mi voz suene casual, porque la casualidad es el disfraz que más uso cuando quiero ocultar el pánico.
Él me mira con esos ojos que saben leerme como un libro abierto y, sonriendo apenas, pregunta:
—¿Por qué no quieres comer con nosotros?
La pregunta es sencilla, pero en su boca suena como si jugara a descubrir algo ajeno a mi voluntad. Quisiera mentirle con una excusa cualquiera, “estoy cansada”, “tengo tarea” pero una parte de mí quiere decir la verdad y despejar el aire envenenado. Me muerdo la lengua y, en lugar de eso, me sale la mentira que ya he repetido mil veces por dentro:
—Es que…
No tuve tiempo de medir el golpe; mis palabras flotaron en la cocina y cayeron pesadas. Antes de que pudiera corregirme, mi mamá aparece en el umbral con un cucharón en la mano y la cara de quien ha oído una conversación completa desde la puerta. Su presencia es un bálsamo y una sentencia al mismo tiempo.
—Nena, ya están los fideos —dice, con esa suavidad que usa para esconder el cansancio de días enteros contando centavos.
Ya, debo quedarme callada, él no puede enterarse de que soy una maldita miserable, porque eso sí será demasiado vergonzoso. Respiro profundo, y obligo a mi rostro que sonría tan fuerte para que sea creíble.
Ah, me pone de malas este momento, ya que él fue un gran amigo para mí, pero ahora que lo veo, lo desconozco y no solo por su radical cambio físico, sino que tiene malos gustos. ¡Novio de mi prima!