Sentí el calor de su cuerpo envolverme, y en esa postura, la conexión se hizo de nuevo absoluta. Sus manos se aferraron a mi cadera con una posesividad que me erizaba la piel. —Mira la ciudad, Isabella —me susurró al oído—. Y piensa que todo el mundo está dormido, pero tú y yo estamos aquí, haciendo locuras, vivos. En eso las estocadas, su bestia sabía donde quería estar y mi panocha lo pedía a gritos. Mis gemidos fueron fuertes, una liberación rítmica que se mezclaba con el sonido de su respiración agitada. —¡Ah, Francesco! ¡Locura! ¡Locura! —le respondí, mi voz era un quejido, una súplica. Le ruego más y más. * Él redujo el ritmo, torturándome. Sus labios se pegaron a mi cuello. —Me encantas cuando me desafías. Pero aquí, mi reina, yo soy el que da las órdenes. Apreté mis dientes

