La clase transcurrió con aparente normalidad. Malena tomó apuntes, escuchó con atención y participó cuando fue necesario. Sin embargo, había algo que no lograba ignorar: cada vez que levantaba la vista, Ricardo la estaba mirando.
No era una mirada descarada, sino constante. Atenta. Como si quisiera memorizarla sin que ella lo notara. Malena lo sentía en la piel, y aunque intentaba concentrarse, su pulso se aceleraba cada vez que sus miradas se cruzaban.
Al terminar la clase, Malena guardó sus cosas y salió del salón junto a Caren.
—¿Fui yo o alguien no te quitó los ojos de encima? —murmuró Caren, divertida.
Malena sonrió, nerviosa.
—Exageras.
No habían avanzado mucho cuando escucharon pasos detrás de ellas.
—Malena… Caren —dijo una voz conocida.
Ambas se giraron. Ricardo estaba allí, con las manos en los bolsillos y una expresión ligeramente insegura, poco habitual en alguien como él.
—Oigan… quería preguntarles algo.
Caren levantó una ceja, expectante. Malena sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
—Este domingo es el aniversario de bodas de mis padres —continuó Ricardo—. Harán una pequeña celebración.
Hizo una breve pausa, buscando las palabras correctas.
—Pensé que… si quieren, podrían acompañarnos. Así conoces a más personas —añadió, mirándola directamente a ella, con una timidez sincera que lo hizo aún más irresistible.
Malena se quedó en silencio por un segundo, sorprendida. No esperaba una invitación así, y menos tan pronto.
Caren sonrió, comprendiendo de inmediato.
—Suena bien —dijo—. ¿Qué opinas, Malena?
Ella respiró hondo.
—Gracias… me encantaría —respondió finalmente.
Ricardo sonrió, aliviado.
—Perfecto —dijo—. Entonces paso por ustedes el domingo.
Mientras se despedían, Malena supo que había aceptado algo más que una invitación social. Había dado un pequeño paso hacia un mundo que no conocía… uno donde el amor, los celos y el destino comenzaban a entrelazarse sin pedir permiso.
Y, sin saberlo aún, ese domingo marcaría un antes y un después.
Esa noche, Malena abrió el clóset y se quedó mirándolo como si guardara respuestas que no encontraba. Vestidos sencillos, ropa cómoda, nada que pareciera suficiente… ni demasiado.
—Es solo una invitación —se dijo—. No significa nada.
Pero su reflejo le devolvió una mirada que no la convencía.
Probó un vestido, luego otro. Se soltó el cabello, volvió a recogerlo. Suspiró. No quería llamar la atención, pero tampoco pasar desapercibida. Al final eligió algo simple, elegante, fiel a ella misma. Tal vez porque, en el fondo, no quería fingir ser alguien distinta.
Se sentó en la cama, con el vestido aún colgado en la puerta, y dejó que la duda la alcanzara.
¿Estoy cruzando una línea?
¿Y si esto complica las cosas?
¿Y si no voy… y me arrepiento?
Pensó en sus padres, en la promesa que les había hecho. Pensó en Chicago, en lo sola que se había sentido al llegar. Y, sin querer, pensó en Ricardo.
—Solo iré —susurró—. Nada más.
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Muy lejos de esa calma frágil, Sofía no tuvo la misma noche.
—¿Invitaste a Malena al aniversario de tus padres? —preguntó, conteniendo la ira.
Ricardo la miró con extrañeza.
—Sí. También a Caren.
Sofía apretó los labios.
—¿Desde cuándo invitas a desconocidas a eventos familiares?
—No es una desconocida —respondió él sin dureza—. Es compañera de clase. Y me cae bien.
Eso fue suficiente.
Sofía sintió cómo el coraje le subía al rostro. No es tu rival, se repitió mentalmente. No lo es. Pero la imagen de Ricardo mirándola, de esa atención que nunca fue suya, le ardía por dentro.
—Haz lo que quieras —dijo finalmente—. No tengo por qué preocuparme.
Pero esa noche, por primera vez, Sofía supo que algo se le estaba escapando de las manos.
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El domingo llegó más rápido de lo que Malena esperaba.
Cuando Ricardo tocó la puerta del edificio, ella respiró hondo antes de salir. Al verlo, notó su mirada detenida apenas un segundo más de lo correcto. No dijo nada, pero sonrió.
—Te ves muy bien —dijo él, casi con timidez.
—Gracias —respondió ella—. Tú también.
Caren los observó con una sonrisa discreta mientras subían al auto.
Malena no lo sabía aún, pero ese aniversario no sería solo una celebración de amor duradero.
Sería el escenario donde las miradas se volverían evidentes,
donde los celos comenzarían a tomar forma,
y donde ella empezaría a entender, por primera vez, el verdadero precio de amar.