Sofía Salimos de la vieja finca de Leonardo casi corriendo. El aire de la madrugada me golpeó la cara con una fuerza que me despeinó los cabellos y me devolvió, aunque fuera por unos segundos, la sensación de libertad. Bufé con rabia contenida, con impotencia y con el peso de todas las preguntas que no me dejaban en paz. —¿Y ahora qué? —pregunté, mirando a Salvador y Fernando como si ellos tuvieran todas las respuestas guardadas en los bolsillos. Salvador, que aún tenía el pecho agitado por el esfuerzo de escapar, bajó la cabeza un instante y luego me lanzó esa sonrisa nerviosa que siempre me irritaba. —Lo siento, hermanita… —dijo casi susurrando, como si la disculpa fuera suficiente para la bomba que iba a soltarme—. Solo traje una moto. Abrí los ojos con incredulidad. —¡Cómo que u

