No sabía por qué estaba nervioso. Mis manos sudaban y las piernas me temblaban con ligereza. Las mujeres se habían retirado de manera silenciosa y ahora me encontraba yo solo en la sala de esa enorme casa, con un traje de boda, peinado de manera ridícula y con símbolos por casi toda la piel que estaba al descubierto. Decidí sentarme para tranquilizarme un poco, y cuando oí que alguien entraba por la puerta principal contuve la respiración. – Oh, pequeño. Ahí estas. – Esa voz solamente sirvió para ponerme aún más nervioso y, horrorizado, vi como Ferenc se acercaba a mí con una sonrisa que se suponía era amable. – Ya falta poco para que salgas. Tu familia ya ha llegado, ¿sabes? Y Castiel ya está en su posición. – Se sentó junto a mí y tuve el impulso de salir corriendo. No dije nada por tem

