TESSA
El sol de la tarde se filtraba por la ventana de la estancia, habían pasado un par de meses desde que Preston se enfrentó a mi padre, y desde entonces, su presencia en mi casa se había vuelto tan indispensable. Logan ya tenía catorce meses y una energía que parecía heredar directamente de las turbinas de un F-18.
Estábamos en el suelo, rodeados de cubos de madera y un avión de plástico que Preston le había regalado. Logan estaba de pie, tambaleándose sobre sus piernas regordetas, apoyado en el sofá.
—¡Ven, Logan! ¡Ven con mamá! —le pedí, extendiendo los brazos con el corazón latiéndome deprisa.
Preston estaba sentado en la alfombra, justo a un par de metros, observando la escena con una sonrisa de orgullo que me revolvía el estómago y me daba paz al mismo tiempo. Logan soltó el sofá, dio un paso vacilante, luego otro, y cuando sintió que perdía el equilibrio, se lanzó hacia adelante, pero no buscó mis brazos.
Se estrelló contra el pecho de Preston, quien lo atajó con una destreza increible. Logan soltó una carcajada, hundió sus manitas en las solapas de la camisa de Preston y, mirando hacia arriba con una devoción pura, soltó la palabra que detuvo mi mundo.
—¡Pa-pá! —exclamó Logan, con una claridad que me cortó la respiración—. ¡Papá!
El silencio que siguió fue atroz. Sentí como si un rayo hubiera partido la sala en dos. Me quedé petrificada, con los brazos todavía extendidos hacia la nada, mirando a mi hijo llamar papá a otro hombre que no era su padre muerto.
—Logan... no —susurré, con la voz rota—. No, mi vida. Él es Preston, tu padrino.
Me acerqué con urgencia para cargarlo, para arrancar ese error de sus labios, pero Logan se aferró más fuerte a Preston, repitiendo la palabra con alegría.
—¡Papá! ¡Papá!
—Lo siento, Preston. De verdad lo siento —dije, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos mientras intentaba separar a Logan de él—. Es muy pequeño, no entiende. Escuchó a los otros niños en la guardería o... o simplemente es una sílaba fácil. No volverá a pasar, te lo juro.
Preston no me entregó al niño de inmediato. Me miró fijamente, con una calma que me resultó aterradora. No había sorpresa en sus ojos, solo una aceptación que me hizo temblar.
—Tessa, mírame —dijo él, con esa voz profunda que siempre lograba anclarme—. No me molesta, de hecho, me honra.
—¡Pero no eres su padre! —le grité, perdiendo la compostura—. ¡Brett es su padre! ¡Brett Dalton!
—Brett no está aquí, Tessa —respondió él, poniéndose de pie con Logan todavía en brazos. El niño se apoyó en su hombro, buscando refugio en el hombre que lo cargaba—. Logan es muy pequeño para entender. Él solo sabe quién lo cuida, quién juega con él y quién lo protege. Para él, esta es la figura que necesita.
—No podemos dejar que crezca engañado —sollocé, tapándome la cara con las manos.
Preston se acercó y me puso una mano en el hombro. Su tacto era firme, posesivo.
—No lo estamos engañando, solo le estamos dando estabilidad. Más adelante, cuando tenga edad para razonar, podremos sentarnos y explicarle quién fue Brett. Pero ahora... ahora solo necesita seguridad, déjalo ser, Tess. No lo castigues por buscar un padre en el único hombre que ha estado dispuesto a serlo.
Me quedé en silencio, derrotada por la lógica cruel de sus palabras. Miré a Logan, que ya jugaba con el cuello de la camisa de Preston, ajeno al sacrilegio que acababa de cometer. Me sentí la mujer más traidora del mundo, estaba permitiendo que el rastro de Brett se borrara de la mente de su propio hijo, pieza por pieza, palabra por palabra.
—Me dejaste, Brett —susurré hacia el vacío de la cocina, donde solíamos desayunar—. Me dejaste con una tumba llena de nada... y con un hijo que ya no sabe cómo suena tu nombre.
Preston me atrajo hacia él, envolviéndonos a Logan y a mí en un abrazo que se sintió como una doble traición. Por un segundo, cerré los ojos y me permití descansar en su fuerza, odiándome por lo mucho que necesitaba ese calor, yo también necesitaba de la fuerza y el apoyo que día a día me infundía Preston y hoy mas que nunca agradecí tenerlo a mi lado.
—Mañana saldrás de aquí, Tessa —me dijo al oído, sin soltarme—. Te llevaré a cenar fuera de la base, necesitas recordar quién eres tú, más allá de ser madre o viuda.
—No puedo, Preston. Logan...
—Jessi vendrá a cuidarlo —interrumpió él, apartándome apenas lo suficiente para obligarme a mirarlo—. No es una pregunta, Tess. Es una necesidad, estás al límite.
Asentí en silencio, incapaz de seguir peleando contra la corriente. Preston bajó a Logan al suelo y el niño gateó de inmediato hacia sus juguetes, balbuceando de nuevo esa sílaba prohibida que ahora parecía flotar en cada rincón de la casa. Me alejé hacia la ventana, viendo cómo los últimos rayos de sol desaparecían tras los hangares.
—Vete, Preston —susurré sin girarme—. Necesito procesar esto.
—Estaré aquí mañana a las ocho —respondió él. Escuché sus pasos alejándose hacia la puerta principal—. No te pongas el anillo de Brett, Tessa. Solo por una noche, intenta ser tú misma.
La puerta se cerró y el silencio que quedó fue más pesado que cualquier estruendo. Caminé hacia la habitación de Logan y lo vi dormir minutos después, tan ajeno al caos que acababa de desatar. Toqué el anillo en mi dedo, ese que Preston quería que me quitara y sentí que el metal me quemaba. Yo amaba a Brett o al menos eso sentía en el fondo de mi corazón, pero entonces ¿Qué me pasaba con Preston?