5 EL ÚLTIMO BESO

1352 Palabras
BRETT Las semanas en la base aérea se habían convertido en un ejercicio de resistencia. El calendario en la pared de mi cocina estaba lleno de tachaduras rojas, cada una marcando un día menos para que la rotación de Brett terminara. Pero mientras los días pasaban, mi cuerpo empezó a enviarme señales que ninguna doctora podría ignorar. Al principio fue un cansancio inusual, luego una sensibilidad que me despertaba a mitad de la noche y finalmente, el retraso que me hizo temblar mientras sostenía la prueba de plástico en el baño del hospital. Positivo. Tenía doce semanas de embarazo, un pedazo de Brett Dalton estaba creciendo dentro de mí, guardé la noticia en el lugar más profundo de mi corazón, en nuestras breves videollamadas, con la interferencia, estuve a punto de soltarlo mil veces. Pero quería verlo en persona, quería ver cómo sus ojos se iluminaban, sentir sus manos fuertes sobre mi vientre y escuchar esa risa arrogante que solo él sabía soltar cuando el mundo le daba una buena noticia. —Te ves radiante, Tess. ¿Estás durmiendo más o es que ya hueles la llegada de tu capitán? —me preguntó Jessi, mi mejor amiga, mientras compartíamos un café rápido en la cafetería de la base. —Es solo que falta poco, Jess. Diez días, diez días para que Brett vuelva y podamos empezar de verdad —respondí, tocando inconscientemente mi vientre bajo la bata de médico. —Ese hombre va a perder la cabeza cuando sepa que va a ser padre. Ya lo veo comprando un casco de vuelo miniatura y enseñándole a gatear en formación —Jessi se rió, pero su mirada se suavizó—. Te lo mereces, amiga. Después de tanto esconderse del coronel, ya es hora de que tengan su final feliz. —Lo tendremos. Brett me prometió el Caribe, y yo le voy a dar una razón para no querer despegar nunca más. Salí de la cafetería con una energía que no sentía en meses. Caminé hacia el pabellón de urgencias, saludando a los cadetes y enfermeras, sintiendo que por fin el aire era ligero. Mi padre, el coronel Callahan, me interceptó en el pasillo central. Se veía cansado, con el uniforme impecable pero las ojeras marcándole el rostro. —Tessa, acabo de hablar con el General Vance —dijo, caminando a mi lado—. El escuadrón Fénix está en su última misión de patrullaje antes de la extracción. Si todo sale bien, mañana a esta hora estarán en territorio aliado iniciando el regreso. —Es la mejor noticia que me has dado en todo el año, papá. —Lo sé, y escucha... he estado moviendo influencias, Vance aceptó. En cuanto Brett pise suelo americano, le ofreceremos la dirección de la escuela de instructores. Nada de misiones peligrosas, nada de portaaviones. Lo quiero aquí, cuidándote a ti y dándome nietos pronto, —mi padre sonrió de medio lado, una de esas raras muestras de afecto—. Quiero que mi hija deje de mirar al cielo con miedo cada vez que truena. —Él va a estar feliz, papá. Todos vamos a estarlo. Me despedí de él con un beso en la mejilla y entré a mi consultorio. Me senté frente al escritorio y saqué la primera ecografía que me había hecho en secreto en una clínica civil fuera de la base. Era solo una mancha grisácea, un pequeño punto de luz en la oscuridad, pero para mí era el universo entero. Faltan diez días, pequeño Dalton, susurré, guardando la imagen en mi diario. Tu papá viene en camino. El resto de la tarde transcurrió en una calma engañosa. Estaba terminando de suturar la herida de un mecánico cuando el sonido empezó. Era una alarma larga, estridente, la alarma de Emergencia de Combate Activa. Mi pulso se disparó, solté el instrumental y corrí hacia la ventana del hospital. Vi a los equipos de respuesta rápida saltando a los camiones y a los oficiales de inteligencia corriendo hacia el Centro de Mando con una urgencia que solo significaba una cosa: fuego en el aire. —¡Tessa! ¡No vayas! —gritó Jessi desde el pasillo, pero yo ya estaba corriendo. Ignoré el cansancio, ignoré el mareo y el peso de mi embarazo, corri cruzando el patio que separaba el hospital del edificio de comunicaciones. Al llegar a la puerta del Centro de Mando, dos guardias me cortaron el paso. —¡Área restringida, doctora! ¡Nadie entra sin autorización! —¡Soy la hija del Coronel y la esposa del Capitán Dalton! —rugí con una autoridad que ni yo sabía que tenía—. ¡Quítense de mi maldito camino! Supongo que la desesperación en mis ojos fue suficiente, porque se apartaron. Entré en la sala y el impacto fue instantáneo. En la pantalla gigante, el mapa táctico de la zona de conflicto mostraba los dos puntos verdes del escuadrón: Halcón 1-0 y Halcón 1-1. Brett y John. Pero mientras miraba, el punto de Brett —el 1-0— empezó a parpadear erráticamente. Una luz roja se encendió sobre él y, de repente, desapareció bajo una cruz estática. —¡Perdimos el enlace de datos! —gritó un técnico, con la voz quebrada—. ¡Impacto térmico detectado! ¡Misil tierra-aire desde el sector ciego! —¡Halcón 1-1, informe de situación! —el General Vance gritaba por el radio, presionando el botón con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos—. ¡John, habla conmigo! ¡¿Dónde está Dalton?! La voz de John Miller entró por los altavoces. No era el hombre que yo conocía; era un grito desgarrador, envuelto en interferencias y el sonido del viento azotando su cabina a mil kilómetros por hora. —¡Le dieron! ¡Dios mío, le dieron de lleno en el tanque central! —John sollozaba abiertamente, su respiración era un jadeo errático—. ¡Fue una bola de fuego instantánea! ¡No vi eyección! ¡Repito, no hubo paracaídas! ¡El F-18 se desintegró antes de tocar el suelo! El mundo se volvió un túnel n***o, mis oídos empezaron a zumbar con un pitido agudo que ahogaba las voces de los oficiales. Me llevé las manos al vientre, protegiendo instintivamente la vida que Brett me había dejado sin saberlo. —¡Busquen señales de vida! —ordenó mi padre, que acababa de entrar, pero su voz temblaba—. ¡Lancen un dron de reconocimiento al punto de impacto! —Señor... —el técnico bajó la cabeza, alejando las manos del teclado—. El sensor térmico registró una explosión de magnitud cuatro. En esas condiciones... no hay posibilidades de supervivencia, el avión cayó en el fondo de un cañón, no hay nada que rescatar. Sentí que mis rodillas cedían. El piso de la sala de mando desapareció, mi padre se giró y me atrapó antes de que mi cabeza golpeara el suelo, envolviéndome en sus brazos con una fuerza desesperada mientras yo empezaba a gritar. No era un llanto, era un aullido de puro dolor que parecía querer arrancarme el alma. —¡No! ¡Él me lo prometió! —gritaba, golpeando el pecho de mi padre—. ¡Él tiene que volver! ¡Brett! ¡Díganle que vuelva! —Lo siento, Tessa... lo siento tanto —susurraba mi padre, llorando sobre mi cabello, mientras los oficiales a nuestro alrededor bajaban las gorras en silencio. John seguía llamando por el radio, su voz era un eco distante de una realidad que yo me negaba a aceptar. Brett se había ido. Mi esposo, el hombre que me había hecho el amor bajo las estrellas de Texas, el padre del hijo que yo llevaba dentro, acababa de convertirse en una mancha de fuego en un desierto olvidado. Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara por completo fue la ecografía cayendo de mi bolsillo al suelo de la sala de mando, la única prueba de que Brett Dalton había existido y de que me había dejado sola en el mundo de la manera más cruel posible.
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