7 UN LATIDO FUERTE

1715 Palabras
TESSA Tres meses habían pasado desde que el nombre de Brett se convirtió en una placa de bronce en el muro de honor de la base. Noventa días de un silencio en casa que solo se rompía con el rugido de las turbinas allá afuera, recordándome lo que el cielo se había tragado. A mis seis meses de embarazo, el cansancio ya no era una sugerencia; era una bofetada diaria que me obligaba a detenerme cada pocos metros. Me apoyé contra la pared del pasillo de urgencias, sintiendo cómo el bebé se acomodaba contra mis costillas, robándome el aliento por un segundo. —Tessa, deja esa bandeja ahora mismo —Jessi apareció de la nada y me arrebató los expedientes de las manos con un gesto autoritario—. Estás pálida, si el Coronel entra y te ve en este estado, me va a degradar a enfermera de limpieza por permitirte seguir en pie en una guardia de doce horas. —Tengo tres suturas pendientes en la sala cuatro y un ingreso por trauma que acaba de entrar por la pista, no me des sermones, no hoy —respondí, tratando de enderezarme mientras una punzada me recorría la zona lumbar. —Lo que tienes es una cita en la clínica civil en veinte minutos y vas tarde. El Capitán Mercer está en la puerta de ambulancias esperándote, dice que si no sales por las buenas, entrará a buscarte con una camilla y te sacará frente a todo el personal. —¿Preston? ¿Qué hace él aquí? —me tensé de inmediato. No estaba de humor para su presencia constante, esa sombra que parecía aparecer cada vez que yo bajaba la guardia. —Tu padre está en una junta de comando en Washington y me llamó tres veces para asegurarse de que fueras a esa ecografía. Preston se ofreció a escoltarte. Muévete, es una orden, no una sugerencia. Caminé hacia la salida de emergencia mascullando maldiciones entre dientes. Al cruzar las puertas, vi a Preston, estaba apoyado en su camioneta negra, con el uniforme de gala impecable y las gafas de sol puestas. Al verme no sonrió; simplemente se enderezó y caminó hacia mí para quitarme el maletín médico de la mano. —Largas horas, Tessa —dijo, abriéndome la puerta del copiloto con una cortesía que no aceptaba réplicas—. Sube. No queremos que la doctora Miller nos cancele la cita por tu falta de puntualidad. —Puedo conducir mi propio Jeep, no necesito un chofer ni una niñera enviada por mi padre —le solté, aunque me subí al asiento con un alivio físico que odié admitir. —Hoy sí lo necesitas se te nota la fatiga y tus reflejos no están para lidiar con el tráfico de la interestatal. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que no fuera café y galletas de la sala de espera? —preguntó mientras arrancaba y salía de la zona hospitalaria de la base con una suavidad calculada. —No es asunto tuyo, limítate a conducir y mantén el silencio, es lo único que te pido. Preston no dijo nada durante los primeros kilómetros. Mantuvo la vista fija en la carretera, pero noté cómo sus dedos tamborileaban en el volante con una energía contenida, como si estuviera midiendo cada una de sus palabras antes de soltarlas. —Sabes, he estado hablando con el Coronel —rompió el silencio finalmente, bajando un poco el aire acondicionado—. Está preocupado porque dice que te encierras en esa casa a hablarle a las paredes, dice que no has movido ni un solo cuadro de Brett de su sitio. —Es mi casa y es mi duelo. Mi padre debería preocuparse por sus asuntos y dejar de husmear en los míos. —Él solo quiere que no te hundas y a decir verdad yo también, Brett era un pilar en este escuadrón, nadie esperaba que el mejor de nosotros terminara así. Siento que tengo una deuda con su memoria, cuidar de ti es lo mínimo que puedo hacer por el hombre que lideraba nuestras formaciones. Lo miré de reojo. Sus palabras sonaban honestas, cargadas de esa camaradería militar que se espera de alguien que compartió años de vuelo con Brett. Para mí, Mercer era solo el compañero que intentaba llenar un vacío por pura lealtad al uniforme, una presencia sólida cuando todo lo demás se sentía mal. Llegamos a la clínica civil, un edificio de ladrillo rojo lejos del ruido de los motores de la base. Al entrar, el ambiente era radicalmente distinto; parejas jóvenes reían en la sala de espera. Me sentí como una extraña, una intrusa en un mundo de felicidad que ya no me pertenecía. La enfermera nos llamó a los pocos minutos con una sonrisa profesional. —¿Señor y señora Dalton? Pasen por la puerta tres, por favor. El corazón se me detuvo un instante ante la mención del apellido. Miré a Preston, esperando que la corrigiera, pero él simplemente me puso una mano en la espalda para guiarme hacia el consultorio, aceptando el error con una naturalidad que me dio escalofríos. Me acosté en la camilla y me descubrí el vientre, sintiendo el gel frío sobre mi piel. La doctora Miller entró y empezó a mover el transductor con agilidad sobre mi abdomen. De repente, el monitor se iluminó con sombras grises que cobraron vida. Ahí estaba, una pequeña mano cerrada en un puño. —Miren eso —susurró Preston, acercándose a la pantalla con una fascinación que parecía genuina—. Es increíble, se mueve como si tuviera prisa por salir de ahí. —Es un niño muy activo, Capitán —confirmó la doctora con una sonrisa—. Y aquí está lo más importante, escuchen esto. El sonido llenó la pequeña habitación, inundándolo todo. Bum-bum, bum-bum, bum-bum. Era un ritmo rápido, feroz, que latía con una fuerza indomable. Cerré los ojos y apreté las sábanas de la camilla, sintiendo que las lágrimas me quemaban las mejillas. Era el corazón de Brett, era su energía, su vida, gritándome desde el monitor que no me atreviera a rendirme. —Es él —susurré, llorando abiertamente sin poder evitarlo—. Es su corazón. Preston no dijo nada, pero sentí su mano apoyarse sobre mi hombro, un contacto firme y sólido que me ancló a la camilla. En ese momento, en medio de la oscuridad de mi pérdida, su presencia se sintió como una tregua necesaria. Me permití apoyarme en esa estabilidad momentánea, agradecida de que alguien estuviera ahí cuando todos los demás me trataban como si fuera de cristal. —Todo está perfecto, Tessa —concluyó la doctora, limpiándome el gel con una toalla—. Tienes un pequeño guerrero ahí dentro, pesa casi un kilo y sus pulmones se están desarrollando de maravilla. Sigue alimentándote bien, lo necesitas. Salimos de la clínica en silencio. Al subir al coche, me quedé mirando la ecografía impresa que tenía en las manos. El niño, mi pequeño niño. Preston arrancó el motor, pero no se puso en marcha de inmediato, se quedó mirando hacia el horizonte, con una expresión sombría. —Tessa —me llamó, con la voz más grave—. El Coronel quiere organizar una cena benéfica para el aniversario de la base el próximo mes. Quiere que vayas con él, que seas la representación del sacrificio de los Dalton frente a los altos mandos. —No voy a ir a exhibir mi vientre y mi luto para que los generales se tomen fotos conmigo —respondí con amargura, guardando la foto en mi bolso. —Lo sé. Por eso le dije que ya tenías un compromiso conmigo, le dije que te llevaría a cenar fuera de la ciudad, a un lugar donde no haya ni un solo uniforme ni una sola bandera. Solo una cena tranquila, lejos de la presión de la base. Lo miré, sorprendida por su atrevimiento de pasar por encima de mi padre. —¿Decidiste eso por mí? —No lo decidí, lo propuse como una vía de escape. No tienes que aceptar si no quieres, pero creo que una noche fuera te vendría bien. Piénsalo. Sin rangos, sin protocolos, solo tú y yo hablando de algo que no sea la Fuerza Aérea. No le di una respuesta definitiva, pero no lo rechacé. Al llegar a mi casa, Preston me ayudó a bajar y me acompañó hasta el porche, asegurándose de que entrara con bien. Antes de cerrar la puerta, me detuve y lo miré a los ojos. —Es un niño, va a tener sus ojos estoy segura y probablemente su misma terquedad. —Lo vi en la pantalla, es un Dalton de pura cepa —él me dio un asentimiento solemne—. Mañana paso por ti a las siete para tu turno, ni se te ocurra intentar conducir tu Jeep; le pedí a los mecánicos que le hicieran una revisión completa y se lo llevaron al taller de la base. —¡Eres un manipulador insoportable, Mercer! —le grité, aunque una parte de mí agradecía no tener que pelear con el tráfico en mi estado. —Soy un piloto, anticipo las necesidades antes de que se conviertan en problemas, descansa. Entré a la casa y por primera vez en semanas, no fui directo a la habitación a llorar sobre su ropa. Fui a la cocina, me preparé algo de cenar y me senté a comer mientras me tocaba el vientre. El bebé me respondió con una patada contundente, una que me hizo sonreír a pesar del vacío en el pecho. Me acosté en la cama y aunque el lado de Brett seguía frio, el recuerdo del latido que había escuchado en la clínica seguía resonando en mi cabeza, dándome una tregua momentánea. Brett se había ido, pero me había dejado la misión más difícil y hermosa de mi vida. —Me dejaste, Brett —susurré a la almohada que aún olía a él—. Me dejaste con una tumba llena de nada y un hijo que va a preguntar por ti cada mañana y no se como voy a sobrevivir a eso, aun no se cómo sobrevivo sin ti. ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué no cumpliste tu palabra?
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