Miro con desconfianza su mano extendida —Gitana —digo y, él enarca una ceja—. ¿Por qué me llamas gitana? En nada me asemejo a una y demás está aclarar que mi sangre es italiana. Carraspea y, alzando el mentón me observa sin perder la sonrisa. La mueca torcida, muy sensual y, también maliciosa. —Es verdad —resuelve—, pero no necesitas serlo precisamente— hace un ademán con los dedos, apresurándome para salir del dormitorio—. Sólo verte a los ojos, Nicci, hipnotizas. No llevas sangre bohemia por tus venas, pero cualquiera que conoce las antiguas leyendas de pueblos gitanos, sabe del poder que un par de orbes penetrantes, tiene en las personas como yo. La saliva pasa por mi garganta con dificultad y acepto su mano —¿Cómo tú? —. Pregunto. —Exacto; personas como yo., esas que tildas de.

