—Ya es suficiente, Morgan — dije con determinación, sosteniendo su mirada con firmeza. —Cumpliré mis sueños desde abajo, desde cero, como la gente normal.
Mi respuesta pareció no gustarle mucho, pero no me importó del todo. Observé su ceño fruncido y sus labios apretados, pero dentro de mí se encendió una chispa de satisfacción al mantener mi postura.
Estaba feliz de que las cosas salieran como debían ser, sin necesidad de forzarlas.
—¡Qué aburrida eres, Megan! ¡Qué fastidio! Yo sí usaré mis contactos para no tener que batallar —respondió ella, con un tono de superioridad que me hizo levantar una ceja en respuesta.
Es su vida, así que no debería meterme en sus decisiones, pero una pregunta se escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla:
—Entonces, ¿para qué estudiaste? Si ibas a hacer eso.
Ella no me respondió, de hecho, me ignoró por completo.
Se puso en pie con un gesto de desdén, dando fin a nuestra conversación de manera abrupta.
—Bueno, voy a alistar mis maletas. Mañana es la graduación y aún no he comprado mi vestido —dije, intentando desviar mi atención hacia un detalle práctico.
—Abigail, siempre dejando todo para el último —comentó ella con un tono de reproche que me hizo sentir incómoda.
Salí de mi cuarto antes de que Morgan empezara a sermonear sobre esas cosas que no debía dejar para el final.
Mientras me preparaba para salir del campo, escuché una voz familiar hablándome con gran ánimo. Reconocería esa voz en cualquier lugar.
—Abi, Abi, espera —me gritó Henry, mi novio, con un brillo de emoción en sus ojos que me hizo sonreír automáticamente.
—¿Qué sucede, Henry? —pregunté, perpleja al encontrarlo aquí en lugar de disfrutando de sus amistosos partidos de fútbol americano con sus amigos en el campo.
—¿A dónde tan apurada, cariño? —interrogó, rodeándome con un brazo mientras su mirada mostraba curiosidad.
—Amor, necesito comprar mi vestido de graduación —respondí, sintiendo su calidez al abrazarlo y darle un beso en los labios como saludo, mientras su aroma familiar inundaba mis sentidos.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Henry, dejando un suave beso en mi cuello, su aliento cálido acariciando mi piel.
Sentí una creciente incomodidad, como si sus caricias, aunque dulces, me perturbaran de alguna manera.
—No están permitidos los abrazos —intervino el señor que estaba detrás de nosotros, su era voz firme rompiendo la intimidad que Henry y yo compartíamos, pero al mismo tiempo, aliviándome al reconocer a mi padre.
—¡PAPÁ! —exclamé emocionada, notando la tensión repentina en Henry, quien parecía incomodo ante la presencia de mi padre.
—Lo siento, señor, no fue mi intención —se disculpó Henry, bajando la mirada con evidente nerviosismo.
Siempre le aterra la presencia de mi padre, sabiendo que es detective y que lo he mencionado varias veces en nuestras conversaciones.
—Oh, Henry, no temas a papá. ¿Qué haces aquí, papá? —pregunté con entusiasmo, sintiendo una oleada de afecto al tomar su brazo.
—Vine para llevarte a comprar el vestido de tu graduación —dijo él, mientras con cuidado acomodaba los mechones rebeldes de mi cabello, que se alborotaban con la brisa.
Me encanta cuando él intenta peinarme, lo amo.
—Gracias, papá. Henry, ¿te importa si voy con mi padre?
—No, por supuesto, adelante —respondió Henry con una sonrisa, antes de marcharse, dejándome a solas con mi padre.
Nos marchamos del campo mi padre y yo.
—¿Henry? —preguntó mi papá sin apartar la vista de la autopista, su expresión seria indicaba que algo no le había sentado bien, mientras los árboles y edificios pasaban velozmente ante nosotros.
—¿Henry? Papá, Henry es mi novio. Ya te había hablado de él —dije mirando por la ventana, observando los colores cambiantes del paisaje urbano.
—¿Tus papás saben de Henry? —me miró y yo bajé la mirada, jugando nerviosamente con mis dedos, mientras el sol se filtraba entre los edificios y creaba sombras danzantes en el interior del auto.
—Les he hablado de él, pero aún no lo conocen.
—Deberías llevarlo a la fiesta de cumpleaños de tu papá —asentí, notando cómo las luces de los autos se reflejaban en los cristales del parabrisas.
—No sé por qué tanto alboroto por un cumpleaños —respondí con indiferencia, aunque en mi interior sabía que esa celebración era importante para mi padre Cristian.
—Abigail, hablas de tus padres. Más respeto —me reprendió mi padre con tono serio, mientras los edificios altos se alzaban imponentes a nuestro alrededor.
—Lo sé, papá, pero la última vez que me sentí feliz en una fiesta fue en mi sexto cumpleaños, porque estaba Daniel —dije con melancolía, recordando los momentos felices de mi infancia mientras el viento agitaba las hojas de los árboles en la acera.
—Abi —me miró con tristeza—¿Aún no sabes nada de él?
Él vio la tristeza en mis ojos, mientras las luces de los semáforos parpadeaban en ámbar y rojo.
—Tengo 8 años sin saber de Daniel y seguramente ya está casado y tiene hijos que criar.
—Abi, deben estar muy ocupados —dijo él, volviendo su vista a la autopista, donde los autos se desplazaban como pequeñas luces en la oscuridad.
—Sí, desde que su papá fue transferido a París, él y yo dejamos de hablar con frecuencia.
Aún recuerdo nuestra última conversación. En un abrir y cerrar de ojos, llegamos al centro comercial, donde las luces brillaban con intensidad y la música ambiental llenaba el aire con su melodía.
—Vamos a ver qué vestido compramos. Tendrás que comprarle un regalo a Cristian —logró cambiar de tema. Siempre lo hace cuando me ve triste, y se lo agradezco en mi interior.
—Papá, ¿qué se le regala a alguien que lo tiene todo? —pregunté.
—No sé, ¿un reloj? —sugirió.
—Papá, siempre le regalas relojes. ¿Sabes que tiene una caja llena de ellos? —reí. Nuestros ojos brillaban con complicidad, alejando cualquier atisbo de melancolía.
—Entonces, ¿una corbata? —propuso con ternura.
—No, yo le iba a regalar eso, no seas tramposo —me cruzé de brazos.
La risa juguetona llenaba el espacio, creando un vínculo único entre padre e hija.
Es tan fácil actuar como una niña malcriada con él, ya que puedo ser yo misma sin temor a ser juzgada.
Su presencia reconfortante me da la libertad de expresar mis emociones sin reservas.
—Princesa, ¿qué piensas hacer después de la graduación? Tienes 24 años. Aún eres muy joven y podrás tener un gran futuro —me recordó.
Siempre ha hablado de que puedo ser una gran arquitecta, como mi padre Cristian. Sus palabras, cargadas de esperanza y orgullo, resonaban en mi mente, recordándome el apoyo incondicional que siempre me ha brindado.
—Papá, he enviado solicitudes a algunos despachos de arquitectura, pero aún no me responden.
—¿Por qué no entras a trabajar en la compañía familiar? —sugirió.
—No, papá. No quiero escalar por influencias, y además, la empresa algún día será de mi hermano Nathan. Él tiene 15 años, pero en un futuro, mi padre se la heredará a él por ser el hijo varón. No quiero nada que no me pueda ganar con mis propias fuerzas —respondí, reflejando mi firme convicción de labrar mi propio camino en la vida.
—Me recuerdas mucho a tu mamá de joven. Tienen el mismo carácter. Llegarás muy lejos, mi amor —expresó con añoranza y cariño, evocando recuerdos de mi madre y reforzando mi determinación de alcanzar mis metas.
—Gracias por creer en mí, papá —respondí con gratitud.