CAPÍTULO TREINTA Y DOS Mientras Riley observaba el defecto en el reloj de arena, el recuerdo le vino de golpe. Había visto un pequeño destello de luz como este de receptáculos de vidrio alineados en un estante. Obviamente no le había parecido importante en ese momento. Pero esos globos de vidrio habían estado en el taller de un hombre que hacía relojes de arena. En el taller de Otis Redlich. Bill la llamó desde el asiento del conductor. “Oye, Riley. ¿Qué estás haciendo ahí?”. Riley podía ver a Bill a través del cristal, con el rostro casi cómicamente distorsionado. “Dame un minuto”, dijo. Se llevó la cara a unos pocos centímetros del vidrio. Ahora veía cuál era el defecto. Era una pequeña burbuja, tan pequeña que ni se veía. Pero cuando la luz del sol le llegaba en un cierto ángulo

