GABRIELA
De solo verlo me había dado arcadas, aunque tampoco fue su culpa, me había pasado con la bebida, pero eso sí lo hice por su culpa, ¿a quién se le ocurre llegar una hora tarde? Estuve tan nerviosa revisando en que todo esté perfecto que ya ni llevé la cuenta que los chupitos que metí a mi cuerpo y cuando todos se centraron en aquella persona que entraba al salón mi mundo se puso patas arriba, ¡maldito imbécil! Había entrado como si no hubiese pasado nada, como si fuera el tío más puntual de la tierra, y, por si fuera poco, llegó acompañada de Alessia, ¡la asistenta! Que al parecer era su pareja. Los vi a los lejos muy sonrientes, él super alto e imponente, ella, rubia y guapa, ese vestido rojo hizo que sus ojos azules resalten más. Fue allí cuando mi cuerpo no soportó y salí corriendo hacia los lavabos.
Al llegar vomité, y lo hice hasta quedarme seca. Pero lo bueno fue que Erick llegó a tiempo.
–Joder, Gabriela, ¿es en serio? – preguntaba Erick mientras me encontraba sacando hasta la bilis.
–Cállate y ayúdame– dije y me cogió por el cabello, esperó pacientemente a que terminará, aunque en su rostro se reflejaba el asco–, si vas a estar mirándome así, mejor vete.
Me puse de pie y me dirigí a lavarme, pero que fea pinta tenía, no podía estar más ahí.
–¿Estas mejor? – preguntó a mi espalda, asentí.
–Llévame a casa.
–Estamos a cuatro horas de casa– dijo inocente.
–A mi apartamento, Erick. Aquí en Boston– respondí fría. Su semblante cambió, pero hizo lo que le pedí, salimos y mi cuerpo tembló, por esa razón me iba apoyaba en su brazo, mi cabello estaba hecho mierda, pero aun así salí.
–Sube– dijo, subí al carro que había alquilado, le di la dirección de mi piso y arrancó. La cabeza me dolía horrores.
¿Y saben qué es lo peor de todo? ¿no lo saben? ¡Markus Dorrance vive en el mismo edifico que yo! Mi piso era en el noveno y de él, el décimo.
Le di mis llaves a Erick y entramos, inmediatamente las luces y una música se activaron nada más entrar, sonreí y empecé a bailar.
–Cuidado, te puedes caer– me advertía Erick, pero yo seguía moviéndome, hasta que mis tacones resbalaron y caí de culo–, ¡j***r Gabriela!
–¡Estoy bien! Necesito dormir– me cargó en sus brazos y me llevó hasta mi habitación–, ¿no es hermoso? – pregunté apuntando a mi cuarto, era una hermosura, todo blanco y algunos accesorios azul marino y n***o.
–Sí, todo es bonito– dijo en tono molesto.
–¿Te pasa algo? – pregunté y empecé a quitarme el vestido.
–¿Por qué has venido sin decirme nada? Cuando llegué a casa me puse como loco buscándote, pensé que te había pasado algo, hasta que se ocurrió llamar por aquí y me comunicaron que ya habías llegado.
–Quise adelantar las cosas– contesté y me metí en la cama, me encontraba solo en sujetador y bragas, me cubrí con las sabanas hasta el cuello.
–Habíamos acordado en venir juntos, no que vendrías con tu asistente. Incluso a tus padres les pareció mal– dijo y se sentó en un sillón que había frente a mi cama.
–Es una pena– dije.
–No te entiendo, tu actitud es…demasiado, voy a perder los papeles– arquee las cejas de asombro.
–¿Mi actitud? Eres tú quien está indiferente conmigo, te has comportado como un chiquillo, ¡y solo porque he venido a Boston! Ya dije que se largará cuanto antes– dije y traté de sonar segura.
–No tienes ni puta idea, ese hombre no se irá, hoy que lo conocí me quedo completamente claro, ¡no se irá! Ha venido a quedarse y dudo que se doblegue ante tus acosos– lo miré frunciendo el ceño.
–Ya verás que sí, se irá– Erick negaba con la cabeza –. ¿No crees en mí?
–Claro que creo en ti, pero no se irá.
–Relájate, ¿quieres? Ahora hay que centrarnos en la boda, he buscado una diseñadora exclusiva, y empezará el trabajo dentro de poco, ¡muero de la emoción! – chillé con una sonrisa, y por primera vez en la noche él también sonrió.
–Te verás hermosa el día de nuestra boda– dijo y se acercó hasta mi lado, se recostó y pasó su brazo por debajo de mi cuello.
–¿Cuántos hijos vas a querer? ¿crees que tendrán los ojos verdes, como los tuyos? ¿o los tendrán azules, como los míos? – soltó una carcajada y me ruborice.
–Ni siquiera nos casamos y ya has pensado en hijos, por cierto, te veías hermosa hoy– me dio un beso en la frente y me sentí otra vez en casa, mi Erick estaba de vuelta.
–Te quiero, quédate a dormir– dije entre susurros, ya que los parpados me pesaban y me dormí en ese instante.
El sonido del despertador me levantó de un solo saltó, eran las siete, y yo tenía planeado llegar antes, miré todo el lugar y no había rastro de Erick, pero en mi mesita había una nota. Y decía:
No quise despertarte, pero no pude quedarme a dormir. Sam, traerá tu coche, no te preocupes, y espero tengas un gran día, te quiero.
Guardé la carta y corrí al baño, necesitaba estar lista cuanto antes. Me puse un traje en tono celeste, acompañado de un top blanco y mis tacones Jimmy Choo. Cogí mi bolso y salí, a la vez que llamaba a Sam.
–Buenos días señorita, pensé que no iría hoy.
–Es el primer día, Sam, ¡tenemos que estar ahí! – juntos fuimos hacia mi coche y salimos en dirección a la empresa.
Nada más entrar una gran recepción de caoba nos recibía y en ella una chica muy guapa, pasé por su lado saludándola. Toda la empresa tenía sus separaciones con vidrio, por donde pasará era vidrio y más vidrio. Le indiqué a Sam donde iba a ser su oficina y subí al séptimo piso, donde estaba mi oficia y la de Markus.
A comparación de los pisos inferiores, el séptimo tenía un aire más tranquilo, incluso las oficinas, el techo tenía madera, pero a la vez columnas en color blanco, un inmenso sillón a juego. Nuestras oficinas si tenían más privacidad, unas cortinas en color gris nos daban esa seguridad de estar solos. Una vez cómoda en mi oficina decidí ir a la de Markus.
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Iba a llamar a la puerta, pero no lo hice, giré el pestillo y lo vi. Estaba sentado en su escritorio y a su lado estaba Maya, su hermana, a ella la conocí antes de la inauguración, y ahora iba a trabajar como la asistenta de su hermano o eso creía. Me fije en la oficina y está a comparación de la mía tenía un sillón tantra, ¿pero qué mierda? ¿a quién se le ocurre poner ese tipo de sillón en su oficina? ¿acaso va a follar aquí todo el tiempo?
–Por fin llegó mi asistenta– escuché su voz grave, dejé de observar el ambiente y me fijé en él. ¿Qué es lo que acaba de decir? ¿Su asistenta?
–¿Disculpa? – pregunté frunciendo el ceño, Maya miro alternativamente y decidió retirarse.
–Disculpas aceptadas, llegar tarde el primer día de trabajo es una cosa que…pocos perdonan, pero yo lo haré. Tráeme un café, bien cargado– no podía creer lo que me decía.
–Yo no soy tu asistenta, soy tu supervisora– soltó una carcajada que hasta me hizo sentir inferior, sus ojos cafés me dedicaron una mirada efímera, que en otra situación hasta hubiese parecido una mirada de deseo.
–Y encima graciosa, que buena asistenta voy a tener, ¿mi café?
–En la cafetería, supongo– dije y cerré la puerta tras de mí. Él frunció el ceño.
–Mi café señorita…– dijo a la vez que esperaba para decirle mi nombre.
–Gabriela…Gabriela Duncan, tu supervisora– repetí con énfasis la última palabra, y este volvió a sonreír.
–Quiero mi puto café en menos de cinco minutos, o si no vas a estar despedida– dijo y se me fue el color de la cara, pero ¿quién se ha creído?
–Pues te pones de pie y vas a traértelo– dije apoyándome en su escritorio.
–Buenas tetas, pero quiero mi café– dijo y me apresuré a poner la compostura. ¡Imbécil! Quise gritarle.
–No pienso ser tu asistenta– dije rotundamente y me crucé de brazos.
–Entonces no me queda otra opción que despedirte.
–No puedes hacer eso.
–Oh sí que puedo, la empresa Duncan solo ha puesto un pequeño porcentaje, mientras que Dorrance ha puesto todo, por ende, tengo más poder que tú, y si quiero puedes trabajar hasta en limpieza– dijo a la vez que se ponía de pie lentamente, lo miré con un odio, sí, con odio, mucho odio.
–Lo dices como si limpieza fuera un castigo– dije aún con rabia.
–Oh claro que no, incluso puedo decir que los de limpieza son mejores, pero para ti trabajar allí sería un escarmiento, ya que eres una niña consentida de papá.
–¡No los soy! – chillé.
–¿Qué te has ganado por ti misma? – preguntó, me quedé en silencio– Eso pensé. Ahora por favor mi café y necesito que revises unos papeles por mí– volvió a sentarse y en esta ocasión puso sus pies sobre la mesa. Volvió a indicarme que me retire.
–No pienso servirte– fue lo único que respondí, quería salir de allí, pero mis pies se habían pegado al piso.
–Lo harás, tenlo por seguro, ahora fuera– dijo y eso fue lo que hice, y muy estúpidamente hice lo que me había pedido. Y ya se pueden imaginar que ahora estaba camino a la cafetería.
Al llegar pedí un café muy cargado, y decidí hacer algo. Busqué el depósito donde estaba la sal y le puse tres cucharadas, sonreí y me dirigí otra vez a donde estaba Markus, esta vez sí llamé a su puerta.
–¡Pase! – entré y puse su café en su escritorio, sonreí con malicia, pero lo que me pidió me desencajo–Pruébalo.
–¿Cómo? – dije tartamudeando.
–Que lo pruebes, por si le has puesto algún tipo de veneno quiero que lo pruebes primero– negué con la cabeza.
–No le he puesto nada, puedes tomarlo con tranquilidad– dije y me crucé de brazos.
Cogió la taza y se la llevo a los labios, olisqueo y removió en liquido oscuro, pero no sé qué me impulsó a evitar que tome ese café.
–Mejor dámelo– dije y se lo quité de los dedos, me miró frunciendo el ceño.
–Entonces si tenía algo– negué con la cabeza.
–¿Qué papeles necesitas? – pregunté nerviosa.
–Intentaste matarme, no puedo creerlo, ¡en el primer día! – dijo con dramatismo, e intenté con todas mis fuerzas reprimir mi risa.
–¿Y bien?
–Bueno, ignorando tu intento de asesinato, necesito que revises los papeles del caso Brown. Cuando termines me pasas tus conclusiones, ¿de acuerdo asistenta? – lo miré seria.
–Sí, señor– dije y salí dando un portazo.
Salí completamente disparada a mi oficina. ¡Maldito! Grité.
–¿Pasa algo, señorita? – preguntó Sam.
–Oh mierda, perdón no te había visto– dije y me arreglé el cabello con impaciencia.
–¿Es por el señor Markus? – preguntó con curiosidad. Asentí.
–Dice que soy su asistenta– dije y soltó una pequeña risa, lo miré frunciendo el ceño.
–Perdón– dijo y se acomodó la corbata.
–Lo detesto– dije más para mí que para Sam.
–Es normal, cualquiera detestaría a quien le pone en un puesto que no quiere– comentó y sentí el sarcasmo en sus palabras.
–No te burles Sam, esto es serio–me tapé la cara respirando hondo para tranquilizarme–, Sam, necesito los papeles del caso Brown.
–Ahora se los traigo, deme un segundo– salió de la oficina y al segundo volvió con un archivo–, aquí está. Para el abogado Markus será fácil este caso.
Lo miré y cogí el archivo a regañadientes, lo empecé a hojear. Era bastante, al menos me pasaría dos horas leyendo esto, j***r. Me quedé sola para poder concentrarme y cumplir con lo que me había pedido.
Dos horas después estaba entrando en la oficina de Markus y entregándole mis conclusiones, este me miró sorprendido pero sonriente.
–Muchas gracias señorita, ahora necesito que pase a la tintorería por un traje que dejé–¿qué?
–No pienso ir a ningún lado– dije, no podía creer lo que me estaba pidiendo.
–Cuando llegue verifica que sea un traje gris, a nombre de Markus Dorrance, puede retirarse– dijo y giró su silla dándome la espalda. Solté un bufido y salí nuevamente dando un portazo. Si la puerta hablara ya me habría mandado a la mierda por como la cerraba.