Esa noche, Killian se encontraba de pie junto a una enorme ventana en su habitación, observando a Nyxara desde las sombras. Ella estaba sentada en un rincón del cuarto, su figura envuelta en las mismas sombras que parecían amarla, moldeándose a su alrededor como si fueran parte de ella, mientras mantenía la misma postura inmutable que había tenido todo el día “No siente miedo. No siente dolor. ¿Acaso siente algo en absoluto?” pensó Killian, sus ojos rojos clavados en ella como si pudieran penetrar esa barrera de indiferencia que parecía rodearla. Había algo en Nyxara que lo desconcertaba, y odiaba no poder controlarlo. Era un príncipe vampiro, temido por todos, capaz de doblegar voluntades con una sola mirada. Pero ella… ella no reaccionaba. “El dolor no parece hacer efecto en ella. Pero,

