MATÍAS
Desperté sobresaltado al sonido de un claxon.
Donde sea que me encontraba, estaba en plena oscuridad, con solo una pequeña rendija que dejaba entrar una tenue luz. Al abrir los ojos, me di cuenta de que tenía las manos y los pies atados, y un pañuelo atado en la boca.
En seguida, noté que estaba en un maletero de algún coche.
¡Maldita sea! Me habían secuestrado.
Intenté incorporarme, pero mis ataduras me lo impedían.
Los pocos coches que pasaban cerca me indicaron que estábamos en una carretera, aunque no podía determinar dónde.
Entonces, usé un trozo de metal sobresaliente para romper las ataduras de mis manos, pero no funcionó debido a la falta de filo. Sin embargo, persistí en mis esfuerzos y finalmente logré liberarme.
Quitándome el pañuelo que cubría mi boca y liberando mis pies, me di cuenta de que estaba no había nadie conmigo porque el coche estaba aparcado y quien fuese que me había traído ya no estaba.
Después de varios minutos de forcejeos y golpes, finalmente logré abrirme paso entre los asientos traseros. Cuando logré subirme al asiento delantero, me di cuenta de que estaba completamente solo en el vehículo. Además, era evidente que nos encontrábamos en una carretera desolada.
Examiné a mi alrededor y confirmé que no había señales de presencia humana. De modo que, decidí desabrochar la pulsera que llevaba en el tobillo. Este dispositivo, más parecido a una pantalla que a un teléfono, tenía dos botones: uno rojo para hacer llamadas y uno azul para enviar una alerta. Siempre llevaba este dispositivo por razones de seguridad. Dado que era hijo de un empresario muy conocido, que realizaba negocios con personas de diversos países y estaba vinculado al mundo financiero, sabía que siempre existía la posibilidad de situaciones de secuestro o peligro extremo.
Este pequeño dispositivo se había convertido en mi ancla de seguridad, y solo tenía la intención de utilizarlo en casos de emergencia. Nunca sabía cuándo podría enfrentarme a una situación como la que estaba viviendo en ese momento, donde mi vida corría peligro.
EVA
Después de una corta jornada en la peluquería, en la que atendí solo a cinco clientes, vi a García esperándome cerca de su camioneta negra. Inmediatamente, la tensión en su rostro me puso en alerta.
— Hola, García, ¿qué haces aquí?
Sonreí al verlo, pero su agarre en mi brazo y su mirada inquieta me preocuparon.
García: — Suba rápido
— ¿Qué está pasando? ¿Y mi coche?
García: — Por favor, suba al coche
Su comportamiento extraño me inquietó, pero sus ojos tensos dejaron claro que era una situación grave. Así que hice lo que me pidió con tanta urgencia.
García: — Arranca
El conductor del vehículo, con lentes oscuros, siguió la orden, y García y yo nos acomodamos en los asientos traseros.
— ¿Puedes decirme qué está pasando?
— pregunté y mi corazón latía rápido.
La confusión y el miedo se estaban apoderando de mí en ese momento.
García: — Le mantendremos a salvo
Sin mirarme, respondió a mi pregunta. Luego, abrió una caja que contenía un arma, por lo que me senté pegada al asiento, asustada por la visión del arma.
— ¿A salvo? ¿Qué ha sucedido?
— pregunté y mi corazón empezó a palpitar con rapidez.
García: — Al señor Melgar lo han secuestrado — respondió, y mi corazón dejó de latir con furia para romperse por completo.
— ¿¡Qué!?
García: — Todavía no tenemos información. Mantenga la calma y...
Martínez: — Señor, hay un coche siguiéndonos desde que salimos
García: — No se preocupe y no mire por la ventana — me dijo al notar que intentaba ver por la ventanilla trasera.
— ¿Por qué? — pregunté y giramos a la derecha y nos unimos a una carretera.
García: — ¿Nos siguen?
Matías: — No lo sé, los perdí
García: — Entonces, acelera. Mantente alerta
Poco después, la situación pareció volver a la normalidad mientras avanzábamos en la carretera, pero la tensión persistía.
Martínez: — Ahí está el mismo auto de nuevo
García: — ¿De qué color?
Martínez: — Una camioneta negra
García: — Los veo
Martínez: — Nos están siguiendo, alerta roja. ¡Repetimos, alerta roja!
García: — Acelera
«¿¡Diosito qué he hecho yo para morir de esta manera!?», me pregunté asustada y de la nada, se escuchó un disparo que dio en el metal del coche, justo en la parte de atrás.
García agarró un arma y comenzó a disparar, convirtiendo la escena en una película de acción de la que nunca pensé sería protagonista. Los disparos sonaron alrededor, y me quedé en una posición fetal, temblando y rezando para que la muerte no me alcanzara.
García: — ¡Abajo! — gritó y no dudé en bajar mi cabeza y ponerla enfrente de mis piernas, cubriendo mi cabeza con mis manos.
¡Mierda! ¿¡Qué era todo esto!?
De igual forma, otro disparo se escuchó e impactó en el coche, pero García no respondía al fuego. Afortunadamente, nuestro auto parecía ser antibalas; de lo contrario, quién sabe cómo habría terminado la situación. Mientras tanto, Martínez seguía manejando, pero solo con una mano, sacando otra arma de una mochila.
Yo, encogida y temblando, estaba muriéndome de miedo.
Mis manos sudaban y no podía concentrarme en nada más que en sobrevivir.
No podía abrir los ojos en ese momento lleno de adrenalina, solo podía escuchar los disparos provenientes de quienes nos perseguían. García, al ver la situación, sacó su arma por la ventana y comenzó a disparar.
En realidad, parecía una escena sacada de una película, pero preferiría verla en una pantalla, en la seguridad de mi hogar, en lugar de vivirla en carne propia.
El coche dio otro giro y los disparos cesaron, quizás porque se habían quedado sin munición. Sin embargo, de repente, el vehículo que nos seguía se acercó y chocó contra nuestro costado izquierdo, casi sacándonos del carril. Pero Martínez no se amilanó, respondió con un giro hacia la izquierda y logró hacer que nuestro auto chocara contra el vehículo que nos perseguía.
Finalmente, nuestro coche se desvió, adentrándose en un camino de tierra, y fue entonces cuando abrí los ojos. Un estruendo retumbó y nuestro auto se detuvo de inmediato.
García: — Martínez, saca el botiquín
— dijo y lo vi claramente. Tenía sangre goteando de su brazo y se presionaba la herida con la mano del otro brazo.
Martínez: — ¡Mierda! — No tardó en extraer un pequeño botiquín de un bolso n***o que estaba en el asiento del copiloto.
García: — Enemigo abatido, repito, enemigo abatido — comunicó también a través de un walkie-talkie.
Martínez: — Señorita, mantenga este trapo apretado en su brazo — solicitó. Observé un pequeño agujero de bala en la ventana, que presumiblemente había alcanzado a García. Martínez colocó un pañuelo sobre la herida de García; él apretó la mandíbula de dolor y seguí las indicaciones de Martínez.
Al cabo de unos segundos, la puerta del coche se abrió y apareció un hombre vestido de manera similar a Martínez y García.
Martínez: — López, lleva a la señorita. Yo me encargaré de llevar a García al hospital. ¡Rápido!
López: — Señorita, venga
Tomó mi mano, me sacó del vehículo y me introdujo en otro coche que estaba a escasos centímetros del nuestro. Al mirar a mi alrededor, noté que otro automóvil yacía volcado, expulsando humo y en llamas.
López: — Bravo y Ayala, ustedes ocupen del coche volcado. Pidan ayuda a los demás por si alguien sigue con vida
Después de unos minutos de viaje, mi mente comenzó a aclararse y recuperé la conciencia.
— ¿Y Matías? — pregunté, finalmente asimilando lo que estaba ocurriendo. López miró al otro pasajero que se encontraba en los asientos traseros, ya que yo estaba en el asiento del copiloto. Sin embargo, no obtuve respuesta.
López: — Él... todavía lo están buscando — informó sin mirarme directamente y volvió a concentrarse en la carretera. A medida que procesaba las emociones y el shock de la situación, casi me desmoroné. La incertidumbre sobre el bienestar de Matías me abrumaba.
¿Por qué alguien quería hacernos daño? ¿Por qué todo este caos?
Me sentía emocionalmente agotada y preocupada. No pude evitar que las lágrimas amenazaran con aflorar. Finalmente, me desvanecí, sin darme cuenta del momento exacto, pero escuchando distante la voz de López pidiéndole al otro pasajero que me ayudara.