Frunció el ceño, como si esperase otra respuesta de mí. —Si no te gusta, vete —ni siquiera me miró—. Lo digo en serio —me fulminó con la mirada. ¿Y a éste que cojones le pasaba ahora? Se subió a la moto con desgana, como si se hubiese arrepentido siquiera de venir hasta aquí. —¿Vienes? —preguntó y arrancó. Eché un último vistazo al acantilado y me subí, y seguimos el camino, como si tuviera un lugar en mente a donde ir. Estaba anocheciendo y probablemente tendríamos que buscar un lugar donde quedarnos. —¿Dónde nos vamos a quedar? —¿Quién ha dicho que vayamos a parar? * —Dos cervezas. Estamos en el bar del motel del que Derek me había estado hablando por el camino. Habíamos reservado la única habitación que quedaba esta noche, ya que mañana había una carrera en una ciudad no lejos

