- ¿Por qué haría eso? - pregunté, y ella empezó a llorar. Resoplé y decidí abrir la puerta para mirarla desde lejos. - David estaba casado - comentó, y empezó a llorar hasta caer de rodillas, lo que me sorprendió. Me incliné a su altura y la tomé de los brazos. - Mírame, ¿cómo sabes eso? - pregunté. - Yo… lo sabía - negó. - ¿Por eso él casi nunca estaba aquí en la ciudad? - pregunté, y ella dijo: - Soy tan tonta ¡Una ilusa! - y siguió llorando, sus gritos eran tan dolorosos que me estremecieron. La cargué como si fuera un bebé después de cerrar la puerta de un golpe. La dejé en el sofá y la cubrí con una manta, se veía tan mal que me daba pena incluso. - ¿Y qué pasó? - pregunté curioso, y ella continuó contándome: - Fue un día lunes, yo manejaba. Él me envió un mensaje diciendo que

