La tarde caía lentamente sobre el bosque, ocultando poco a poco el sol tras la verde arboleda que formaba ese techo natural sobre su cabeza encapuchada de rojo. Quizás esto había sido una mala idea, estaba muy expuesta a cualquiera que pudiera observarla desde entre los árboles, y estaba segura, ella no lo notaría hasta que fuera muy tarde. Pero como dice el dicho, lo hecho, hecho está y, como ya estaba en el baile, bailaría. La capa de color escarlata ondea tras la muchacha al tiempo en que avanza entre la espesura, conociendo el camino con perfecta soltura, sin enterarse de que, en realidad, sí que está siendo observada. Tal y como había pensado, era acechada desde las sombras por ese par de iris amarillos, unos enormes e intensos que no quitaban su punto de atención de ella. La gracil

