—¿Me extrañaste? —preguntó Dante en su oreja, ronco, aterrador y morboso—. Dime que no le pides a nuestro Señor que me aleje de ti, cuando lo que más deseo es estar dentro de ti. Isabella soltó un suspiro caliente sobre sus manos apretadas, y cerró los ojos con más fuerza. Era producto de su imaginación. Dante no podía estar a las cinco de la mañana en la capilla, susurrándole en la oscuridad. Eso era imposible. —Ayúdame a soportar la tentación, igual que como tú lo hiciste —rezó Isabella de rodillas—. Ayúdame a mantener la confianza y la fe en ti, como lo hiciste en el desierto cuando fuiste tentado. Dante sonrió sobre su velo y lo rozó con la nariz. —Me halagas llamándome tentación, pero prefiero que dejes de rezar y le des un mejor uso a esa boca —susurró igual que un demonio—. Qué

