El pueblo empezó a tener forma después de unos días. No como algo que necesitara conquistar, sino como un espacio que se iba dejando habitar. Aprendí los horarios del panadero, el sonido de las campanas a media mañana, la forma en que la luz entraba distinta según la hora. Nada me reclamaba. Salía a caminar sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y la cabeza despejada. No buscaba olvidar. Tampoco recordar. Simplemente estar. Dejar que el cuerpo se acostumbrara a no estar en alerta constante. Me senté más de una vez en el mismo banco del parque, observando a la gente pasar sin sentirme fuera de lugar. Aquí no era la chica de nadie. No era una historia a medio contar. Era solo yo, ocupando un espacio sin explicaciones. Empecé a notar detalles pequeños: cómo respiraba mejor, cómo

