El refugio

1095 Palabras

La casa de mi abuela me recibió sin preguntas. Apenas crucé el umbral, sentí ese olor inconfundible a hogar antiguo: limpieza reciente, madera, algo que se cocina despacio. Dejé la mochila en el suelo y me quedé quieta unos segundos, como si el cuerpo necesitara confirmar que había llegado de verdad. Mi abuela apareció desde la cocina, con el delantal puesto y las manos húmedas. Me miró en silencio, sin escanearme, sin buscar respuestas en mi cara. —Has llegado —dijo. No era una pregunta. Era una constatación. Asentí. Se acercó y me abrazó sin apretar, sin prolongarlo más de lo necesario. Un abrazo que no intentaba curar nada, solo sostener. Cuando se apartó, me pasó la mano por el brazo con un gesto sencillo, casi distraído. —Tu cuarto está preparado —añadió—. Si quieres dejar las

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