No lo estaba buscando. Salía de la biblioteca con el cuaderno apretado contra el pecho, pensando en nada concreto, cuando lo vi apoyado en la barandilla del patio lateral. Ares miraba el móvil, distraído, como si el mundo pudiera esperarle un poco más. Reduje el paso sin darme cuenta. Podría haber girado. Podría haber fingido no verlo. No lo hice. —Ares —dije, casi en un susurro. Levantó la vista. Tardó una fracción de segundo en reaccionar, como si no esperara encontrarme allí. Luego guardó el móvil y sonrió, esa sonrisa tranquila que nunca parecía ensayada. —Hola, Luna. Nos quedamos frente a frente, a una distancia correcta. Ni cerca ni lejos. El tipo de espacio que se deja cuando no sabes si tienes derecho a cruzarlo. —¿Ibas a…? —empecé. —Nada en especial —respondió—. Solo es

