Ares no estaba cerca. Pero estaba. Lo vi al otro lado del patio, apoyado en la barandilla del segundo nivel, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto que parecía casual. No lo era. Sabía que había visto el acercamiento de Dante. No porque hubiera estado lo suficientemente cerca para escuchar, sino porque Ares nunca miraba sin entender. No se movió. No bajó las escaleras. No interrumpió. No buscó mi reacción. Simplemente observó. No había tensión visible en su cuerpo. No había rabia ni gesto duro. Lo que había era algo más complejo: contención. Una decisión activa de no intervenir. Me pregunté cuánto sabía. Cuánto intuía. Cuánto había escuchado en conversaciones que yo no había presenciado. Y, aun así, no dio un paso. Eso fue lo que más me impactó. No necesitaba mar

