6.

1229 Palabras
6. Abrí los ojos luchando contra el sueño y me quedé despierta desde ese momento. Recordaba aquél sueño agradable y distinto. Unas horas más tarde, sentía que mis me ardían, estaba a punto de caer, una vez más dormida sobre su cama, cuando al fin la vi llegar. —Ay, hija deberías estar en cama, ¿me estuviste esperando? —me cargó hasta mi cama, y me dio un beso en la frente. Los ruidos de los coches nos despertaron unas horas más tarde, aún no amanecía, salimos a ver de quien se trataba, reconocimos el coche n***o con el sello de oro del rey. Era papá que volvía. Bajamos a esperarlo. —Quédate aquí —me dijo ella, pero yo no quería. Ya habían sido muchas las veces que por una u otra razón no llegaba a saludarle, y no pensaba dejar que me pasara lo mismo. Bajé rápidamente a recibir a mi padre. El Gran Legislador, venía acompañado como siempre de sus dos hombres de confianza, a pesar de las órdenes de mi padre, de que nadie debía verme, todos ellos saludaron con cariño. Papá se veía bastante agotado, unas sombras oscuras rodeaban sus ojos azules cielo, el pelo rubio le había crecido un poco. —¡Papá! Me cargó entre sus brazos muy brevemente y luego se fue a su recámara. Mamá lo acompañaba. No la volvería a ver, sino hasta que mi padre se marchase, siempre era así. Y cuando mi padre estaba, se me negaba merodear cerca de él. En ese momento estaba tan lejos de entender que era debido a mi existencia, que mi madre vivía en la oscuridad y el frío de un hogar sin amor, y sin respeto, callándose cuando debía gritar, mirar hacia otro lado cuando era maltratada por mi padre, solo para protegerme de ser el centro de su odio. Pero no perdíamos el tiempo, en secreto me transmitía todos sus conocimientos sagrados, y prohibidos. Ella solía repetirme que en mi interior se albergaba un poder extraño, que la magia en mí, era peligrosa. Así que un día, cuando mi padre ya se había marchado, mientras descansábamos al pie de las escaleras, luego de comer unos ricos mangos, me hizo prometer que nunca debía usarla, y que nunca jamás se debía enterar mi padre que ella me había enseñado a usar sus conocimientos. Cuando era adolescente, y aún vivía creyendo que el mundo era bueno, que era yo el error, a veces salía a merodear por los páramos a las afueras de la ciudad, porque si me dirigía hacia la ciudad, y la gente me miraba cerca, se hacía a un lado, por mi parte, ya estaba acostumbrada a que reaccionaran de esa forma, no me querían, aunque dudo que existiera un solo ser que me apreciara, o que por lo menos reaccione de otra forma. Un día en que salía de ocultas para recibir la bendición del Santo Padre, fui víctima de miradas de repudio, odio y horror de los chicos de mi misma edad, ninguno no me lanzaban fruta podrida porque simplemente no tenían a la mano, por mi parte, pasaba lo más rápido que me era posible, no hizo falta mirar para saber que todo el mundo sentía repugnancia y temor al tenerme cerca. Cuando mi padre se enteró de aquello y vino a castigarme. Casi no me miraba a los ojos. —¡Eres una desobediente! ¡Te mandaré lejos para día y noche, a ver si así honras a Dios! Lo que quería decir que me llevaría más lejos de su presencia y apartarme de una, de mi mamá. —No la apartarás de mí, nunca —mi madre se opuso, con toda serenidad, aunque había un leve temor en su suave voz. —Sí eso es lo que quieres… —soltó mi padre, sintiéndose dolido con ella por ponerse de mi lado. Mi padre ordenó que ambas fuéramos trasladadas a lo que vendría a ser nuestro nuevo hogar; una torre, mucho más lejos todavía, que había permanecido apartado del palacio. Aquello, aunque a primera vista fuera algo malo, resultó ser todo lo contrario, cerca de ahí, aun quedaba la gente que estimaba a mi madre, por todo lo que había hecho por ellos, en el pasado, y cada tanto le hacían llegar alguna comida, o algún obsequio. Nos encontramos con Anduvia, la matrona. Mi mamá se sentía feliz al tenerla cerca de nuevo, un día le invitó a trabajar para nosotras una vez más, y por suerte para nosotras, la buena Anduvia aceptó de buena gana. Desde que llegamos y nos acomodamos en la nueva torre, yo notaba que poco a poco, mi madre se fue encerrando, hasta que un día prefirió no salir más de dormitorio; ya no comía, no hablaba con nadie, ni siquiera conmigo. Parecía que se estaba entregado a la muerte. En esa época, muchas veces le suplicaba que escapáramos, pero mi mamá, con el tiempo se había vuelto débil de carácter, ella ya no se veía afuera de esas paredes. Sentía miedo, simplemente ya no sabría qué hacer en otro mundo que no fuera ese. Grande fue el escándalo cuando, una noche cualquiera, mi padre se hizo presente para estar con ella. Pero grande fue su decepción al ver que mi madre, a pesar de habérselo prohibido hace tanto, aún practicaba su poder y curaba a un animal dentro de esas cuatro paredes. Mi padre enloqueció. —¡Enciérrenla en el calabozo! —ordenó sin piedad. No le importó que fuera la mujer que le había entregado su vida, en ese momento se olvidó del amor que un día había sentido por ella. Mayor era el temor al castigo que recibiría de su Dios, y por eso no le importó nada más. Los soldados vinieron por ella y se la llevaron. Mi madre padeció hasta sus últimos días dentro de un celda húmeda y llena de moho, en lo más profundo de la torre que nos servía de hogar. De haber estado yo en ese momento se lo habría impedido pero me encontraba a leguas, buscando mi propio destino. Una noche, mucho tiempo después, ignorando lo que mi padre le hizo a mi querida madre, creí escucharla entre sueños sus palabras: —Querida hija. Al fin puedo descansar, me reúno con los míos. Recuerda ser buena, siempre. no importa las circunstancias. Sé buena con todos. A la mañana siguiente decidí regresar a la torre, sentía una gran necesidad por verla pero cuando, Anduvia, la matrona me contó lo que mi padre le había hecho, perdí la razón, perdí la cabeza por completo y no tengo recuerdos de lo que pasó a continuación, solo sé que todo fue tan rápido y violento que solo después de un tiempo aquellos que habían sido testigo mudos cayeron en cuenta de lo que en realidad había pasado. Habían matado al Gran Legislador Saint Peter. La gente que jamás la había llegado a conocer cuchicheaba en las calles: —Es lo que se merecía, mira que traer a una bruja a nuestra ciudad… —No sé en qué pensaba, pero al fin lo ha pagado. Dios lo ha señalado con el dedo y lo ha mandado al infierno… —Lo peor de todo es que todo pasó delante de su hijo. ¿Ahora qué será de él? —Eso solo lo sabe Dios.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR