Capitulo 19

1339 Palabras
Annia Escuchar la historia de Mikhail, no , escuchar a mi padre fue devastador. Él también fue víctima de Katarina Ivanov; le hizo daño, lo engañó, lo utilizó y se aprovechó del amor que él le tenía. Era verdad que la había obligado a tener a mis hermanos, pero fue porque ella quiso matarlos incluso antes de que nacieran. Era un monstruo que intentó matar a sus propios hijos no natos. Ahora me sentía avergonzada por haber pensado mal de él, por no haber comprendido por qué no fue él mismo a rescatar a mis hermanos cuando fueron abandonados en el bosque. No pudo hacerlo: ella lo había envenenado, e incluso en ese momento luchó, no por su vida, sino por salvar de alguna forma la de sus hijos. Me había comportado terriblemente con él. Cuánta razón tenían mis hermanos y Olena al pedirme que lo escuchara antes de juzgarlo. Él jamás supo de mi existencia; todo lo que me había dicho Katarina eran mentiras, una tras otra, para lastimarme y hacerme daño, y también a él de manera indirecta. Y lo logró, porque incluso después de muerta consiguió que yo lo rechazara por miedo. Un miedo que ella había implantado en mí a base de golpes y mentiras. Mikhail Volkov, mi padre, jamás sería capaz de hacerme daño. Lo sabía. Ahora lo tenía frente a mí, suplicando de rodillas mi perdón por algo que no fue su culpa. Aun así, se sentía culpable por todo el daño que me había causado esa mujer, la que amó. Mi concepción fue un acto de amor, al menos de su parte. Él amó a Katarina, aunque ella no lo mereciera. En cuanto supo de mi existencia, me amó. Fue en mi búsqueda de inmediato. Gracias a él no me violaron ese día; gracias a él estoy viva, y también gracias a él mi pequeño Mikhail está vivo. Se lo debía todo. Me arrodillé y lo abracé con todo el corazón. —No tengo nada que perdonarte, pa pa; al contrario, tengo mucho que agradecerte. Él me miró con ilusión y sorpresa en los ojos, y luego dijo: —Repite, por favor, lo que acabas de decir —me pidió, anhelante. Yo sabía a qué se refería y, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, le dije: —¡Papá! —Gracias por venir por mí, por amarme como lo haces… Ya no pude contenerme más y las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro. Él me envolvió en sus brazos fuertes y cálidos, y en ese momento sentí que, al fin, estaba en casa. —Mi pequeña niña, dochen'ka (mi preciosa hija) —me dijo con infinita ternura. Me acunó en sus brazos y limpió mis lágrimas con besos—. No sabes cuánto soñé con este momento. Ojalá pudiera borrar todo lo que sufriste. Tú y tus hermanos son lo más importante en mi vida, y juro que jamás permitiré que nadie les haga daño. Nos puso de pie sin deshacer el abrazo y luego dijo: —¿Van a seguir escuchando tras la puerta o al fin van a entrar, moi deti (hijos míos)? Vi cómo la puerta se abrió lentamente y apareció Andrey con una sonrisa de niño atrapado en una travesura. Detrás de él, un muy serio Alexei, que estaba tan rojo como un tomate, le decía en ruso: —Te dije que no era cortés quedarnos. Andrey, ofendido, respondió: —¿Qué? Si fuiste tú quien tuvo la idea de venir a ver si todo estaba bien. Alexei se puso aún más rojo por las palabras de su gemelo: —Yo solo lo sugerí; fuiste tú quien me arrastró aquí. Andrey contraatacó: —Pues no pusiste mucha resistencia. Ambos se sacaron la lengua y se dieron la espalda, enfurruñados como dos niños pequeños. No pude evitarlo: una sonora carcajada escapó de mi boca, seguida por la de mi padre. Ambos nos miraron con una sonrisa en los labios. Pa pa nos acercó hacia ellos y nos abrazó a los tres. —Mi mayor tesoro está en esta habitación, entre mis brazos. Soy el hombre más afortunado del mundo. Sentí el amor en sus palabras y mi corazón se regocijó. Pa pa me llevó a mi habitación. Dijo que debía descansar, ya que el viaje y las emociones del día habían sido demasiado. No quería que me sucediera algo, pero le aseguré que estaba mejor que nunca. Mi habitación era enorme y estaba decorada en un estilo sutil, en tonos nude. Era preciosa. Pa pa me dijo que, si algo no era de mi agrado, podía cambiarlo sin problema, pero le respondí que así estaba perfecta. Me acerqué a la cómoda que había a un lado. Sobre ella había un móvil y una computadora portátil nuevos. Me giré sorprendida hacia pa pa. Él sonrió y dijo: —Olena me comentó que la doctora Smith te autorizó usar tecnología y del favor que le habías pedido. Me tomé el atrevimiento de comprarlos. Me dijeron que son los últimos del mercado. Yo había decidido pedirle a Olena, en América, que me prestara dinero para comprar un computador y un móvil, prometiéndole que se lo pagaría en cuanto pudiera. Ella solo sonrió y dijo que en Rusia los tendría. Supuse que los compraría al llegar a Moscú, pero jamás pensé que se refería a que pa pa lo haría. —Pa pa, yo… te prometo que te devolveré el dinero en cuanto lo tenga… —no quería que pensara que soy interesada. Él tomó mi rostro con dulzura. —Dochen'ka, eres una Volkov. Toda la fortuna de nuestra familia también es tuya. No necesitas devolver nada. —Pero… no quiero que pienses que soy interesada. Además, me gustaría hacer algo; no quiero estar todo el día sin hacer nada. Me miró con aún más cariño. —Jamás pensaría algo así de ti. Pero debes comprender que tu vida ya no será la misma. Eres mi hija, una Volkov, y tienes los mismos derechos que tus hermanos. —En cuanto a ocupar tu tiempo, comenzaremos con tus estudios y tus terapias, que deben continuar. La idea de estudiar me encantó. —¿De verdad puedo estudiar, pa-pa-chka? —Claro. Mañana, después de que visites a tu nuevo terapeuta, le pediré a Iván que te acompañe para averiguar cómo retomar tus estudios. —¿Y tú no podrás venir conmigo y Olena? —pregunté. No era desconfianza hacia Iván; sabía que era de confianza, pero ya me había acostumbrado a Olena y quería pasar tiempo con él. —No podré. Tengo asuntos con unos socios que llegaron de Italia. Son amigos que vinieron por el cumpleaños de tus hermanos y, ahora que sé que también es el tuyo, debo organizar todo. La fiesta será este fin de semana y solo tenemos cuatro días. Y bueno… Olena —suspiró—, tengo algo que arreglar con ella. Por eso Iván te acompañará. ¿Te molesta? Negué. —Entonces iré con Iván, pa pa… yo… —¿Qué pasa, dochen'ka? —Solo quería saber… si lo que debes hablar con Olena está relacionado con Mikhail. —Sí, en parte —respondió—. Tranquila, no lo echaré de esta casa. Al principio no quería vínculo con él, pero he reflexionado. También es víctima de Katarina y es medio hermano de ustedes. Se quedará como parte de la familia. —Lo que debo hablar con Olena es sobre el apellido. No es correcto que lo haya asumido; tampoco es justo que cargue con esa responsabilidad. Tenía razón. Olena no era una jovencita, pero tampoco mayor; era una mujer hermosa de 39 años. No tenía esposo ni hijos. Algún día formaría su propia familia, y no era justo imponerle esa carga. —Descansa, pequeña. Yo me encargo de todo. Besó mi frente y salió de la habitación. Me recosté en la cama. Quizá era el cansancio o el alivio de estar, al fin, con mi familia. En cuanto mi cabeza tocó la almohada, me quedé dormida.
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