Annia
El camino hasta la casa de los Volkov fue en silencio. Yo estaba en un auto junto con Olena y Mik, quien se había dormido en sus brazos.
En el otro auto se encontraban mis hermanos y mi padre.
Mi padre… quien, luego de darme la bienvenida, había tratado de que me fuera junto con él y mis hermanos en el mismo auto, pero yo había declinado su oferta y decidí irme con Olena. Sé que no debería actuar con él de esa manera, pero aún hay algo que no me permite aceptarlo del todo.
Vi la tristeza en sus ojos cuando subí al auto con Olena, pero no dijo nada, solo asintió, dándome mi espacio.
—¿Estás bien, printsessa? ¿Estás pensando en Mikhail, no es cierto? —preguntó Olena.
—No… bueno, sí… bueno, no sé… Todo es tan confuso… —dije, llevando mis manos a la cabeza.
—Tranquila, no hay por qué ponerse ansiosa —dijo Olena—. Habla con Mikhail, dale la oportunidad de que te cuente su historia, de cómo sucedieron las cosas. No dejes que lo que te dijo Katarina sobre él haga que lo juzgues; tú misma pudiste comprobar que por su boca solo salían mentiras con el único fin de lastimarte.
Además, ¿no crees que, si Alexei y Andrey son la clase de personas que son, es porque tuvieron a alguien que los crió de esa manera?
—Sí, lo sé… solo es que tengo tantas dudas… ¿Por qué, cuando me encontró, se marchó sin más y no volvió? Además, cuando abandonaron a mis hermanos en el bosque, no fue él personalmente en su búsqueda y solo mandó a Iván. Si dice querer a sus hijos, ¿por qué los abandona así? No lo entiendo.
Olena suspiró y me tomó con la mano que tenía libre.
—Printsessa, escucha a Mikhail. No lo juzgues sin haber hablado con él, no lo merece. Él podrá no ser un hombre perfecto, pero déjame decirte que es incapaz de poner en riesgo la integridad de su familia y, por ustedes, sus hijos, es capaz de darlo todo, incluso su propia vida.
Yo solo me quedé en silencio. Tenía la cabeza hecha un lío. Fue entonces que vinieron las palabras de la doctora Smith a mi mente:
*“Annia, no juzgues un libro solo por su portada y menos sin haberlo leído. No te bases en la opinión de los demás. Haz la tuya propia, ya que podrías estar perdiéndote de un tesoro literario por formar tu veredicto a partir de lo que otros han dicho.”*
La doctora Smith tenía mucha razón y ahora tenía más claro el panorama. Había tomado una decisión: hablaría con Mikhail Volkov, hablaría con mi padre.
Entramos por un sendero cubierto de árboles. La nieve cubría todo a su alrededor, tan blanca… El paisaje era bellísimo; jamás había visto algo igual. Siempre me había gustado el frío; cuando lo sentía en mi cuerpo, en mis huesos, sentía que estaba viva, que aún podía sentir, y eso, aunque parezca extraño, era un sentimiento agradable en todo aquel infierno que viví durante años.
Al cabo de unos minutos cruzamos una gran puerta de hierro, que supuse era la entrada a la casa de los Volkov. Tenía una “V” forjada y, a su lado, había dos enormes estatuas de lobos que custodiaban la entrada. Al cruzarla, me encontré con un jardín que seguramente en primavera estaría lleno de flores, pero ahora, a pesar de la nieve, tenía unas hermosas flores moradas: eran lilas rusas. Recordaba que todos los días tenía un gran ramo de ellas en mi habitación en la casa de reposo y sentía algo en mi interior cuando las veía; supuse que era por lo que mis hermanos me dijeron de las lilas rusas: ellas florecían aun en el frío más intenso, y eso creo que me infundía valentía.
Estaba tan inmersa en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que el auto se había detenido, hasta que escuché a Olena decir:
—Hemos llegado, printsessa.
Al bajar del automóvil me quedé con la boca abierta. Aquella no era una casa, era un castillo; jamás había visto uno igual, aunque, comparado con el lugar donde había vivido todos estos años, todo parecería mucho mejor.
Cuando fui avanzando hacia la entrada, mis hermanos se habían puesto detrás de mí, y Andrey me dijo:
—¿Te gusta tu nuevo hogar, pequeña?
Yo solo asentí, mirando, y pude ver que, un poco apartado, pero también detrás de mí, estaba mi padre, quien escuchaba expectante mi respuesta. Tenía que hablar con él; no podía seguir con esta situación. Esto no era justo ni para él ni mucho menos para mí, porque si iba o no a quedarme a vivir en esa “casa” dependería de esa conversación.
En la entrada se encontraban apostados lo que entendí era el personal de servicio. Todos hicieron una pequeña reverencia y dijeron en ruso:
—Dobro pozhalovat' domoy, miss Volkov (Bienvenida a casa, señorita Volkov).
—Ángel, lo que ellos quieren decir… —comenzó Alexei, pero antes de que terminara yo me incliné también ante ellos y dije:
—Priyatno poznakomit'sya, pozhaluysta, zovite menya Anniya (Gusto en conocerlos, por favor llámenme Annia).
Mi hermano se calló de golpe y vi la sorpresa en los ojos de todos.
—¡Mierda! —soltó Andrey, y por detrás escuché a mi padre reprenderlo por el improperio que acababa de decir.
—Ángel, ¿hablas ruso? —dijo Alexei.
Yo me encogí de hombros y, con las mejillas algo sonrojadas, dije:
—Solo algunas palabras. Lo entiendo mejor de lo que lo hablo; bueno, al fin y al cabo, mi lengua materna fue esa… pero, por lo general, las palabras que más escuché eran groserías…
Me arrepentí inmensamente después de decir aquello último, porque vi las miradas llenas de ira y dolor de mis hermanos, mi padre, Olena, incluso Iván. Supuse que todos sacaron conclusiones del porqué escuchaba aquellas palabras.
Entramos al gran salón que tenía el castillo Volkov —bueno, así decidí llamarlo—. Mis hermanos se acercaron a mí y Andrey me dijo:
—Pequeña, debes estar cansada. Vamos, te voy a mostrar tu habitación.
Pero yo me negué rápidamente y él me miró extrañado.
Con voz suave me dirigí a mi padre:
—Señor Volkov, me gustaría hablar con usted, por favor… claro, si no tiene algo más importante que hacer.
Él me miró con la sorpresa reflejada en sus ojos, la misma que se veía en los de mis hermanos.
—Por favor, sígueme por aquí, Annia. Hablaremos en mi despacho.