El sábado por la noche, Sabrina, habló un rato por teléfono con Carlos, se explicaron que ya lo tenían todo preparado, ella un par de bolsas, él una grande, confirmaron la hora que él la pasaría a buscar por su casa, que si esto que si lo otro, otra parte de conversación de enamorados y una despedida, bueno, de esas un poco moñas, de cuando el amor te vence y las hormonas se te escapan por todo el cuerpo.
Sabrina se desnudó, se puso una camiseta fresquita para dormir y se metió en la cama, solo con la camiseta, sin bragas. Lo primero que pensó fue en hacerse una paja, ella misma se rectificó, mejor no hacérsela. La relación con Carlos empezó muy lentamente, probablemente por su inseguridad, porque ella no creía que pudiera funcionar, tenía que reconocer que el chico tuvo paciencia y fue tenaz para acabar llamando su atención, se volvió a rectificar ella misma, su atención ya la tenía desde principio de curso, no se iba a engañar, era ella quien no tenía su cabeza preparada para que él le tirara los trastos. Después de despejarse muchas dudas, de conocerle mejor, como iba a desaprovechar la oportunidad de estar con él, su amor platónico durante meses, el inspirador de tantas buenas pajas en aquella misma cama que estaba acostada.
Esos besos que se empezaron a dar, que ella empezó a darle a él, esas caricias de labio contra labio, que se convirtieron en morreos desatados de pasión, esta vez fue él, el que se lanzó morreándola en la piscina. No le extrañaba a Sabrina que lo hiciera, el pobre chico debía de estar hasta los cojones de besitos inocentes, lo que pasó, es que a partir de ese momento a ella le subía la temperatura en cada beso, en cada roce con su lengua, seguramente a él también le pasara, cada vez las manos se acariciaban con más nerviosismo, Carlos ya se atrevía a rozarle las tetas, o ha acariciárselas por un lado ¡Dios! Solo le tocaba suavemente por un lado un pecho y ella notaba como se le mojaba el coño, que ganas de meterle mano, de descubrir por fin como tenía la polla, de que él la sobara por todo el cuerpo.
Desde que reservó aquel hotel para ellos dos, tenía una ilusión tremenda para que fuera allí donde follaran por primera vez. Entonces le volvieron las dudas, y si Carlos no tenía experiencia con las chicas, bueno, lo poco que la había acariciado lo había hecho bien, más que bien, lo hacía tranquilo, suavemente ¡Coño! Si la ponía a cien con cuatro caricias ¿Cómo no iba a tener experiencia? Sabrina pensó que ya le estaba dando demasiadas vueltas a la cabeza, pero… ¿Y si tiene un micro pene? ¿Y si no es capaz de darme placer cuando me la meta? ¡Joder! Sabrina para ya, se decía a ella misma en pensamientos. Resoplando, culpándose por ser tan retorcida en su mente, fue cerrando los ojos durmiéndose.
Por la mañana Sabrina había quedado para desayunar con su padre y despedirse. Cuando salió de su habitación, ya estaba la mesa del comedor preparada, con todo el desayuno listo para empezar.
—Papá, podías haber esperado a que me levantara y prepararlo entre los dos.
—No importa cariño, ya está hecho y así no pierdes tanto tiempo.
—Me has cuidado tanto siempre.— Le decía agradecida Sabrina.
—Eres mi hija Sabrina, una de mis prioridades como padre es cuidarte, procurar que seas feliz, espero que lo esté consiguiendo.
Sabrina le dio un beso en la cara.
—Claro que lo estás consiguiendo, siempre lo has conseguido, aunque yo no he sido justa contigo en una época.
—Olvida eso, la adolescencia te tenía que pasar factura de alguna manera, dicen que es cuando rompéis con los padres.
—Hombre, romper, romper…
Los dos reían mientras se sentaban en la mesa.
—¿Te vendrá a buscar Carlos?
—Sí.— Respondió Sabrina algo incómoda.
—Tranquila, solo era por si te tenía que acompañar a algún sitio.
—No hace falta, ya ha venido a recogerme muchos días.
—Vale, pásatelo bien cariño, descansa, relájate, allí se come bien, está tan apartado que ya viene la pensión completa incluida.
—Gracias papá, lo intentaré. Por cierto ¿Tú que harás?
—Yo… yo… ¿Qué voy a hacer? Trabajar, ya sabes, lo de siempre.— Contestaba nervioso Victor.
—Papá que te conozco, alguna cosa has pensado, o, habéis pensado.
—¿Habéis? ¿Qué quieres decir?
—¡Papá coño! No soy idiota ¿De verdad se llama María?
—Eeeeeh, Mmmh, sí, sí, se llama María.
—Ya te vale papá.
Los dos reían.
—Algún día me la tendrás que presentar.— Le apretaba Sabrina.
—Sí, cuando tú me presentes a Carlos.— Contestó rápido Victor.
—Eso me pasa por hablar.— Se lamentaba Sabrina, su padre se partía de risa.
—Si quieres, te acompaño y me lo presentas hoy, la semana que viene cuando vuelvas yo te presento a María.
—¡Qué no! ¡Qué dices! No me pongas nerviosa ¡Eh!
—Mujer, como te he visto tan interesada en conocer a María, he pensado que…
—No pienses tanto.— Cerraba la conversación Sabrina.
Victor se moría de risa, Sabrina al principio lo miraba seria, después se descojonó de risa con él.
Sabrina ya vestida, con las bolsas preparadas en la entrada de la casa, se abrazaba a su padre para despedirse.
—Cualquier cosa que necesitéis me llamas, vale.— Se ofrecía Victor.
—Tranquilo papá.
—Sí, sí, yo tranquilo.— Se cachondeaba su padre.
Sabrina abrió la puerta y se colgó las bolsas en el hombro, su padre la miraba sonriendo, salió a la calle.
—Y tú, vigila con el folli folli, que no sé si estás para muchos trotes.— Soltó Sabrina y cerró la puerta de golpe.
La madre que te parió, si es que esta niña es como yo coño. Sintió Sabrina detrás de la puerta, caminaba partiéndose de risa, cuando llegó a la esquina, Carlos ya la esperaba con el coche aparcado. Salió rápido cuando la vio, le quitó las bolsas del hombro y la saludó con un beso en los labios. Mientras metía las bolsas en el maletero.
—¿Cómo es que te ríes tanto?— Preguntaba Carlos sorprendido de que ella llegara riendo.
—Bromas con mi padre, no te preocupes.
Subieron los dos al vehículo y Carlos arrancó.
—¿Sabes? Envidio la relación que tienes con tu padre. No es la primera vez que cuando nos vemos te has estado riendo con él.— Le confesaba Carlos.
—Sí, es una de las cosas que me encantan de él, siempre está de buen humor conmigo, me hace bromas, y como yo no puedo estar callada, se las devuelvo. La verdad es que nos reímos mucho.
—Con mi padre es diferente, es muy serio, a veces pienso que tiene algo clavado, que alguna cosa le pasó y la tiene dentro sin poder sacarla, le cuesta tanto reírse.— Le contaba preocupado Carlos.
—No sé, puede que sea así, una persona seria, o, que trabaje demasiado y no tenga tiempo para nada.— Intentaba quitarle importancia Sabrina.
—¿Qué no tenga tiempo ni para reír? Lo dudo cariño.
—¿Sabes? Mi padre, me ha dicho que por el camino atravesaremos muchos pueblecitos, en cualquiera de ellos podemos parar a comer, por lo visto él, bueno, ellos, se ve que tiene una novia, comieron muy bien.
—¿No conoces a la novia de tú padre?— Se extrañaba Carlos.
—Me he enterado hace cuatro días, no sé cuánto tiempo hace que va con ella.