Muriendo de Risa

1140 Palabras
Cuando llegó Sabrina a su casa se puso a trabajar con los bocetos. Unas tres horas más tarde llegaba Victor, al entrar vio la puerta de la habitación de su hija cerrada, síntoma de que estaba dentro, intentó pasar sin hacer ruido, cuando la puerta estaba cerrada no molestaba, podría estar con alguien, o lo que fuera, y mejor dejarle intimidad, había pensado siempre su padre. —¿Papá?— Escuchó al pasar Victor. —Sí soy yo.— Respuesta tonta, estaba claro que era él, nadie más tenía llaves de la casa. —Ahora salgo ¿Me esperas en el salón por favor? —¿Tengo tiempo de ducharme cariño? —Sí, sí, claro. Cuando Victor salió de la ducha, Sabrina había extendido por encima de la mesa del comedor, varias láminas con bocetos. Su padre se acercó observándolas con una sonrisa, le encantan esos tipos de trabajos universitarios. De pie, junto a la mesa, los observaba acariciándose con un dedo los labios, al otro lado Sabrina lo observaba a él y a los bocetos. —¿Qué? ¿Qué te parecen?— Preguntaba impaciente Sabrina. Victor, la miró con una sonrisilla al verla nerviosa. —Por lo que veo es un hospital ¿Ha sido tuya la idea? —Sí, ha sido mía, quiero sacar buena nota, al final del curso los trabajos harán media con las notas de los exámenes ¿Cómo lo ves? Victor seguía mirando. —He dibujado hasta los accesos, no quiero que se me escape ningún detalle. —Ya, ya.—Susurraba su padre. —¿Pero? Porque conozco ese tonito en la voz. —Así, por encima ¿Quieres que te diga lo que veo que falta o cambiaría? —¡Coño papá! Por eso te lo enseñó.— Se impacientaba Sabrina. Victor la volvía a mirar con una sonrisilla. —A ver, corrígeme si me equivoco, esta parte de la plata baja, es la cafetería… —Sí, cafetería, restaurante, auto servicio. —Y esto de aquí debe ser la cocina. —Correcto. —Pues yo, la cocina la pondría más al fondo, empezando en aquella pared. Y esta otra parte, es urgencias, porque veo unos box dibujados. —Sí, es la parte de urgencias, con una entrada por el lateral para ambulancias. —Yo, en medio de esta sala tan grande pondría un almacén, con salida a la calle por la parte trasera del edifico, y unos ascensores internos. Sabrina lo miraba atenta. —Así, que si pones la cocina con una salida a la parte trasera del edificio, y el almacén también tiene un acceso a esa parte, con un acceso por la parte de atrás, que ahora no veo que esté dibujado, las furgonetas o camiones que traigan material para la cocina, o el almacén de medicamentos y material de quirófano, por ejemplo, podrían dejar las mercancías directamente en el lugar adecuado, sin tener que ir con carretillas por el medio del edificio. —¡Claro! Y los ascensores en el almacén, son para subir los medicamentos o lo que haga falta a las plantas de enfermos.— Levantaba la voz emocionada Sabrina. —Muy bien mi niña. —¿Y qué más papá? —Yo, haría más pequeña la zona de urgencias, y más grande la de la entrada, está la recepción, los ascensores y las escaleras, más una sala de espera. Es un sitio de paso, el principal, por aquí entra y sale la gente, debería ser un espacio abierto grande, donde la gente pueda circular con fluidez, o pararse a preguntar en la recepción sin molestar ¿Has pensado donde aparcará sus coches toda esa gente? Porque en los hospitales es necesario un aparcamiento. Has dibujado unos ventanales muy bonitos, y unas ventanas de las habitaciones grandes y acristaladas, por ahí entrará el sol, bueno, si has pensado en la orientación del edifico ¿Lo has hecho? También necesitarías unas persianas graduables para dejar pasar el sol o no según convenga, con eso y unas placas solares en el techo, el tema energético estaría solucionado… —Vale, vale, de acuerdo, me pongo a cambiar estas cosas. No me digas más que me agobio. Le decía su hija, mientras, recogía con prisas las láminas de encima de la mesa. Caminó rápido y volvió encerrarse en su habitación. —Ya no tenía nada más que decirte.— Susurraba solo, en el comedor Victor. El martes les llegó a todos la ubicación de la casa de Mercedes, como no podía ser de otra manera estaba situada en la mejor zona de la ciudad, una urbanización para gente con mucho dinero, con su Club de Campo y todo. Estaba mirando el móvil Sabrina, cuando le entró la llamada de su amiga Carly. —¿Has visto donde vive la pija esa?— Le hablaba Carly antes de que pudiera reaccionar Sabrina. —¿Y dónde te crees que iba a vivir Carly? ¿En un barrio como el nuestro? No has visto la ropa que lleva, las pulseritas y collares, o el mismo bolso, que como dijiste ayer es carísimo. Pues vive en un barrio acorde a su condición. —¡Ay Sabrina! Como eres tía, yo te llamaba para despellejarla viva y tú dándole naturalidad. Las dos amigas reían. —Bueno, pija lo es un rato, eso no lo puede negar nadie.— Animaba Sabrina a Carly. —Pija y una guarra, no soporto que nos diga chonis a nosotras. Clasicista, eso es lo que es, una clasicista de mierda. Nos valora según la clase social. —Tranquila Carly, si con esas ni nos hablamos, solo tenemos que acabar este trabajo y si te he visto no me acuerdo. —Ya, ya ¿Has hecho algún boceto? —Estoy a punto de acabar, para empezar a trabajar tengo lo suficiente.— Respondía Sabrina. —Mejor, porque he quedado con Daniel y te pasaremos a recoger, cenaremos pizza hoy. —Como queráis, por mí no hace falta… —Nada más que hablar, ponte mona, a ver si encuentras un novio de una vez. —Yo no quiero ningún novio Carly… —Eso decís las que no lo tenéis, luego, cuando os emparejáis, sois las más folladoras. —Carly por favor. La amiga se moría de risa. —Tú prepárate, en cualquier momento llamo a tu puerta. Sabrina se despidió de su padre cuando la vinieron a buscar. Victor se sentó en la mesa del comedor pensando, sabía que su hija llegaría tarde aquella noche, ir a cenar con sus amigos significaba tomarse una copa después, o dos. Se vistió y salió a la calle. Llamó al timbre y esperó, escuchó acercarse alguien a la puerta del otro lado, su ‘amiga’ la abrió. —¿Te importa si te hago compañía un rato? —Pasa anda ¿Ha pasado algo?
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