Dalia tenía la sensación de que acababa de escapar por los pelos. Había sentido a alguien siguiéndola y de inmediato había apresurado el paso, tuvo suerte de acordarse donde estaba su coche de alquiler y sin perder tiempo lo había abordado. Fue una sensación espantosa. No sabía si era el mismo hombre que le acababa de vender las dagas u otro rufián que merodeaba por ahí, pero el hecho era que había escapado por los pelos. Era tonto pensar que no corría peligro alguno al pisar este barrio, pero lo hecho, hecho estaba. No iba a perder el tiempo recriminándose por algo que no había pasado, además se sentía demasiado dichosa con su nueva colección de dagas como para caer en arrepentimientos. Se acomodó dentro del carruaje y acaricio con delicadeza la caja de madera rectangular que las contení

