—Sebastián… —Murmuró Ares atónito mientras los dos hombres arrojaban su cuerpo inerte al suelo. —Por eso no se debe confiar en las mujeres—dijo el duque chasqueando la lengua—hacen lo que sea por dinero. — ¡Pero es tu hijo!—Reclamo Ares—Aquel a quien criaste. El duque miró a Sebastián con todo el desprecio que pudo—Es un maldito debilucho que nunca sirvió para nada. —añadió pateando con la punta de su zapato el estómago de Sebastián. Ares se removió impotente sobre la silla al escuchar el quejido adolorido de su hermano. Sin embargo, controló su respiración y mordió su labio para evitar gritar. El duque había sobrepasado un límite al no solo al secuestrar a Dalia sino también hacerla daño a su hermano. Y lo pagaría, maldita sea que lo pagaría, así tuviera que morir en el proceso. —

