La ciudad seguía cagándose encima de todos, pero había una mierda clara para Clara: en ese puto juego, la lealtad valía un carajo, y sin embargo, algunos aún se aferraban a ella como si fuera la única puta tabla de salvación en ese pantano putrefacto. Roberto estaba en el centro de algo que Clara todavía no terminaba de digerir. Ese hijo de puta que le había escupido en la cara no una, ni dos, sino un puto millón de veces, ahora recibía un reconocimiento velado, un homenaje silencioso entre las sombras del poder. No era un premio con brillantina; no, era un reconocimiento brutal, frío y calculador, de esos que solo entienden los que saben que en esa puta jungla no hay héroes, solo sobrevivientes. El lugar elegido para la ceremonia era un restaurante que parecía más bien un antro exclusiv

