El humo del cigarro se mezclaba con el olor a whisky barato y sudor de bar de mala muerte. La luz amarillenta y parpadeante del único bombillo colgante dejaba más sombras que iluminaba en aquella mierda de cuarto. Fernando estaba allí, encorvado, con la mirada perdida en la copa a medio vaciar. Su cuerpo viejo y marcado parecía un mapa de cicatrices que contaban una historia de guerras jodidas, pérdida y errores que no se podían borrar. La puerta se abrió con un ruido seco. Damián entró sin que nadie lo invitara, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la cara endurecida por el puto cansancio de haber luchado toda una vida. —Pensé que no te veía hasta el infierno, viejo —dijo Damián, dejando caer la voz como quien lanza un puñetazo. Fernando no se inmutó, solo levantó l

