La ciudad seguía ardiendo en un caos que parecía infinito, pero en las sombras, dos imperios se reconstruían con una furia que prometía hacer temblar los cimientos mismos de ese puto infierno. Clara y Damián, aunque enfrentados por un pasado de mierda, sabían que era hora de reinventarse, de renacer como bestias distintas, más filosas y más jodidamente despiadadas. Clara no había perdido un puto segundo. La muerte de Lucas la había dejado con sed de venganza y hambre de poder. Su empresa, antes tambaleante, ahora resurgía con un equipo renovado, moldeado a imagen y semejanza de su brutalidad. Los nuevos perros que juntó no eran hijos de mamá, sino hijos de la calle, crudos, sin filtro y con la misma sed de sangre que ella. —¿Creían que con la caída de un soplón íbamos a cagarnos? —gruñó

