DEBBY El aire en la sala de espera es pesado, denso. Cada respiración parece arrastrar consigo el eco de conversaciones apagadas, sollozos contenidos y miradas cargadas de incertidumbre. Estoy sentada en una de esas sillas incómodas, con los codos apoyados sobre las rodillas, observando mis manos. Están manchadas de sangre. No me he molestado en limpiarlas desde que llegué al hospital. La sangre de Sebastián aún está ahí, seca y pegajosa, como un recordatorio cruel de todo lo que ha ocurrido. Mi mente está enredada en imágenes fragmentadas: el grito de Ana cuando los policías la llevaron, los ojos vidriosos de Sebastián mientras su cuerpo se desplomaba, y el rostro de mi padre, pálido, inerte, siendo llevado a la sala de operaciones. —Rubia. Levanto la vista y veo a Rupert camina

