Llevo a Paloma al Central Park y caminamos un rato antes de descender por un sendero hasta un banco bajo un gran árbol que nos da sombra. —Podemos sentarnos aquí. Voy a hacer una llamada rápida —digo. Paloma se sienta y observa a unos corredores pasar mientras marco el número de Lautaro. —Residencia Méndez, ¿en qué puedo ayudar? —responde una mujer. —Necesito hablar con Don Méndez —digo—. Es sobre su hija. —Un momento —responde, y se apresura a alejarse. Escucho un clic y nada por un momento. Sé que alguien más ha descolgado otra línea en la casa. Frunzo el ceño cuando Lautaro responde. —¿Quién es? —Esta línea no es segura. Dame tu número de celular —le digo. —¿Giordano? —se oye un clic mientras alguien cuelga—. ¿Quién más estaba en la línea? —llama a través de la casa—. Aquí está

