Cinco hombres con uniformes de policía habían llegado armados, y le disparé a uno en el
cráneo con mi pistola antes de que otro tomara a Ivana como rehén.
Sabía que era mejor no seguir disparando, porque podían haber rociado el apartamento con
balas y habría terminado con dos amigas muertas. Aun así, en el momento en que tres de
ellos me sacaron, me abalancé sobre ellos, logrando apuñalar a uno y disparar a los otros
dos antes de que más hombres, sin uniforme, salieran de una esquina contra mí.
Los cuerpos de los hombres que había llevado conmigo yacían desplomados en el suelo,
con sangre saliendo de sus cabezas y empapando la alfombra del pasillo.
Malditos cobardes.
Vinieron en oleadas, y yo les disparé. Diez muertos, pero no se detenían. ¿Cuántos habían
venido a capturar a una sola mujer?
Yefrem, al parecer, era muy bueno calculando a sus enemigos, porque los matones seguían
llegando. Pero yo no era una perdedora, y me negaba a que me llevaran sin pelear.
Fue una granada de gas de conmoción lo que finalmente me dejó fuera de combate.
Abrí los ojos y no pude reconocer dónde estaba. Todos los músculos de mi cuerpo me
dolían como el infierno, pero eso podía atenderlo después. Primero, miré a mi alrededor
para evaluar el lugar.
Estaba en un dormitorio grande, con muebles simples pero excesivamente lujosos, tendida
sobre una cama.
Fui hacia la puerta que supuse conducía fuera del dormitorio e intenté abrirla, pero estaba
cerrada con llave. Luego me dirigí a las ventanas. Las persianas estaban bajadas, pero las
aparté y probé. Las ventanas estaban selladas.
Literalmente.
No estaba en un edificio de apartamentos. Afuera, a través del vidrio, se veía el recinto de
una residencia privada: jardín perfectamente cuidado, setos recortados, hombres
patrullando por todas partes armados con armas grandes.
Entonces comencé a registrar la habitación en busca de cualquier cosa. Cualquier cosa que
pudiera usar como arma, cualquier cosa para comunicarme, cualquier información que
pudiera servirme cuando saliera de allí.
Pero no encontré nada. Estaba intentando mirar debajo de la cama cuando el cerrojo de la
puerta giró y alguien entró en la habitación.
—Veo que ya estás despierta—.
Entró una mujer mayor, empujando un carrito de servicio cubierto con una tela, y volvió a
cerrar con llave la puerta.
Me levanté lentamente y la observé. Posiblemente tendría unos sesenta años, alemana o
neerlandesa por su acento apenas perceptible, y definitivamente una perra, porque solo
alguien así miraría a una mujer capturada y herida con unos ojos tan condescendientes.
Especialmente con ese uniforme n***o que parecía sacado del atuendo de una criada de los
años veinte y el moño apretado en el que había forzado su cabello gris.
—Siéntate ahí para que pueda atender las heridas. De lo contrario, quedarán cicatrices—
dijo, empujando el carrito hacia un escritorio con una silla junto a él. Cuando retiró la
cubierta, había herramientas de primeros auxilios, ungüentos y un plato tapado que quizá
contenía comida.
Aunque estaba cansada, me senté. Las heridas que había recibido al resistirme eran muchas,
y la atención médica era muy necesaria, sobre todo porque pensaba intentar escapar.
Muy pronto.
—¿Dónde estamos?— pregunté mientras tomaba mi brazo y comenzaba a curarme.
—¿Dónde crees? ¿No eres tú esa recién casada, la señora Milani?—
—Sé que esto es territorio de Yefrem, pero ¿en qué parte de Nueva York estamos?—
Me lanzó una mirada fugaz con sus ojos marrones indiferentes antes de volver a
concentrarse en mi brazo.
—Si respondiera preguntas así, habría perdido este trabajo hace años—.
La observé con atención. —¿Y qué trabajo sería ese?—
—Atender a las chicas que él trae—. Alcanzó un frasco de alcohol del carrito. —Siempre
son bonitas, como tú, pero mucho menos sensatas. Demasiado llanto y súplicas, como si yo
fuera alguien capaz de dejarlas ir. Al menos tú tienes el juicio suficiente para entender tu
situación—.
—¿Así que Yefrem trae aquí a algunas de las chicas que trafica? ¿Para qué?—
Terminó con mi brazo izquierdo y me indicó el derecho, que tenía menos heridas.
—Por distintas razones, pero ninguna ha salido nunca de aquí, y jamás las ha llevado a su
dormitorio, al menos no el primer día. Tal vez sea un trato especial por quién eres—.
—Nadie ha salido antes—.
—No. Intentar escapar solo hará que se enfade contigo, y no quieres eso—.
¿Ah, no?, pensé. Yefrem podía meterse su ira inútil por donde le cupiera. Iba a salir de allí y
a destrozarlo por haberme secuestrado, sobre todo si a Ivana o a Yam les habían hecho el
más mínimo daño. La mujer terminó el tratamiento, puso la comida sobre la mesa y
comenzó a recoger.
—¿Una cuchara de plástico? ¿En serio?— pregunté, levantándola como si fuera un trapo
sucio. Ella ni siquiera respondió; simplemente guardó la tapa metálica bajo el carrito y
recogió los medicamentos.
La ataqué antes de que pudiera empujar el carrito hacia la puerta. Nada demasiado grave;
después de todo, era una mujer mayor.
Solo una llave al cuello mientras le torcía un brazo a la espalda, y luego la arrastré hasta el
armario donde había algo de ropa, aunque estaba segura de que Yefrem no la había pasado
por alto.
Después de atarle las manos detrás de la espalda con una camisa, la registré en busca de las
llaves con las que había cerrado la puerta. Luego le tapé la boca con otra camisa y fui hacia
la puerta.
Como idea tardía, regresé para coger la tapa metálica que había usado para cubrir la comida
y el plato de cerámica, tirando la comida mediocre al suelo. Necesitaba tantas armas como
pudiera conseguir.
La mujer no luchaba; tampoco había ofrecido mucha resistencia cuando empecé a atarla,
pero quizá se debía a su edad. Me coloqué detrás de la puerta y pegué el oído a ella.
Había gente en el pasillo, pero no existía otra ruta de escape, y necesitaba salir antes de que
Yefrem regresara de dondequiera que estuviera.
Cuando abrí la puerta, uno de los dos hombres que estaban a cada lado del marco se volvió.
—¿Ya terminaste, ?— preguntó, justo antes de que le estrellara el plato de cerámica en
la cara y me lanzara sobre el otro con la tapa metálica.
Rápidamente, después de dejarlo inconsciente, fui hacia su cinturón, porque ya se oían
gritos y pasos apresurados, atraídos por el ruido.
Sin armas.
Ninguno de los dos llevaba pistolas que pudiera usar. Me reí cuando los matones se me
vinieron encima en el pasillo, con bates en alto y armas apuntándome.
No duré mucho en la pelea antes de que me dejaran inconsciente de un golpe de bate en la
cabeza.