Hay tres guardias. Cada uno aprovecha su turno para golpearme en la parte del cuerpo que elige. El más grande, al que llaman Ilich, me rasga la camisa y aúlla de risa. No voy a mentir. Estoy aterrorizada de que vayan a violarme. En el fondo sé que, en cuanto Giordano se entere de que me he ido, vendrá a rescatarme, pero no sé si llegará a tiempo para detener esto. El guardia bajo, cuyo nombre no sé, me abofetea en la cara. Siento la sangre correr desde un corte cerca de la sien. Gimo y escupo. La sangre tiñe mi saliva y cae al suelo. —Desátenla —dice Ilich, poniéndose derecho. El tercer guardia, Teo, corta las bridas que me sujetan a la silla, y él y el sin nombre me obligan a ponerme de pie. Ilich me da un puñetazo en el estómago y me doblo, gritando de dolor. —Ya ves, solo eres

