La noche había caído sobre Milán con un velo oscuro, casi fúnebre. En el penthouse de Gabriel, la chimenea crepitaba con rabia, como si presintiera la tormenta que se avecinaba. Gabriel Montenegro estaba de pie, recargado contra el mármol de la barra, bebiendo whisky con hielo y fuego en la mirada. Karina Piamonte entró como quien se sabe bella y necesaria. Tacones de aguja, labios rojo vino, una sonrisa de víbora dibujada en el rostro. —¿Por qué tanta prisa por verme? —dijo, como si nada hubiese pasado. Gabriel la escaneó de arriba abajo. El mismo cuerpo que alguna vez le entretuvo, ahora le era irrelevante. Su voz sonaba hueca. Vacía. —Porque te metiste donde no debías —respondió sin rodeos, su voz ronca, firme. Karina soltó una risa sarcástica. —¿Esto es por la niñita del hotel? G

