Estaba consternada con el relato, mi pulso se había alterado y los nervios surgieron. —Ya eso pasó, no te atormentes, Cariño. —acarició mi cabello. —Al llegar al pueblo. —comenzó a narrar de nuevo el sacerdote—. Emocionado porque conocería la descendiente, lo primero que hice fue visitar a Matilde y a su hermosa hija, que debía tener unos tres meses. » Cuando te vi Mariana, envuelta en esas mantas blancas con tus manitas, moviéndolas en los brazos de tu madre, con ese extraño color de cabello que es único y la prueba del regreso de la Madre tierra, después de quinientos años. Te juro, por poco me desmayo, quedé arrodillado ante ti. » Tus padres se asustaron con el color de tu pelo, pero los convencí de no cambiártelo, eso significaba que eras única. Al señor Granados le gustó el con

