El silencio después de la tormenta siempre duele más. El suyo me cala, no desgarra, porque a pesar de no contradecirme, en sus ojos veo lo que me desea declarar. He dicho que nos vamos y con el simple hecho de que se haya levantado de un salto, mirándome como si lo que acaba de decir es algo que le cuesta aceptar, me duele. —Déjenos solas —dice con firmeza, sin perder esa dulzura en su voz, pero no sé porque su orden me hace sentir una opresión en el pecho—, por favor… Los labios comienzan a temblarme, pero los aprieto con fuerza para que no se note que su orden me está haciendo temblar. Ninguno se opone. Nadie. Roy acepta lo que ella pide, se aleja de mi hermana, no sin antes dejarle un beso en la cabeza que me confirma lo que estoy sintiendo en mi pecho desde que los vi sentados en

